En un pueblo de pescadores rodeado al norte por colinas onduladas y bañado al sur por las olas azul oscuro del océano Pacífico.
Con el paso del tiempo, la marea arrasó la parte de la costa donde se encontraba la casa de su padre, y hoy ese lugar yace en las profundidades de un agua espléndidamente clara, sobre el fondo rocoso del mar, donde se dice que flores de loto brotaron milagrosamente en el momento del nacimiento del maravilloso niño.
Su padre era pescador y, sin duda, el muchacho fue llevado a menudo en la barca paterna, disfrutando del cielo despejado y del aire puro del mar abierto.
Cuando, en sus últimos años, durante su retiro en la montaña, un seguidor le envió un manojo de algas para comer, el viejo ermitaño lloró al evocar sus primeros recuerdos de las algas: un espectáculo verdaderamente encantador cuando se las observa a través del agua transparente.
(de “Nichiren – El profeta budista”)