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domingo, 7 de junio de 2026

Gosho - Carta a Misawa



Por favor, diga a las personas de Suruga que deben unirse firmemente en la fe.1

He recibido sus ofrendas de cien mandarinas, algas de río y algas de mar de color verde oscuro y otros artículos que se tomó la molestia de enviarme a este remoto paraje de montaña. También me llegó la túnica acolchada que hizo la monja laica Utsubusa.

He examinado en forma concienzuda los puntos que usted plantea en su carta, y lo comprendo. Aunque las personas que estudian el budismo exceden en número a las partículas de polvo que forman la tierra, los que llegan a ser budas son menos que la cantidad de tierra que cabe sobre una uña. El Gran Iluminado Honrado por el Mundo lo señala con claridad en el Sutra del nirvana. Cuando leí esta afirmación, me pregunté a qué podía deberse semejante dificultad, pero, al cabo de meditarlo, entendí el motivo: incluso a los hombres que estudian el budismo les resulta difícil practicarlo de manera correcta, ya sea por la ignorancia de su mente o porque, aun teniendo sabiduría, no logran ver que sus maestros los confunden.

Por otro lado, hasta las personas que conocen a un maestro sabio y encuentran la enseñanza correcta, cuando resuelven liberarse de los sufrimientos del nacimiento y la muerte, y lograr la Budeidad, no dejan de toparse con siete graves situaciones conocidas como los tres obstáculos y los cuatro demonios, así como la sombra sigue al cuerpo o como la lluvia se ve acompañada de nubes. Y aunque tal vez logren superar los seis primeros, si son vencidos por el séptimo, no podrán llegar a ser budas.

Por el momento, dejemos a un lado los seis primeros. El séptimo es provocado por el Rey Demonio del Sexto Cielo. Cuando una persona común de la última época está preparada para lograr la Budeidad, cuando ha comprendido la esencia de todas las enseñanzas sagradas expuestas por el Buda a lo largo de su vida, y ha entendido el corazón de la importante enseñanza contenida en Gran concentración e introspección, este demonio reacciona con sorpresa. Se dice: «¡Qué contrariedad! Si dejo que esta persona permanezca en mis dominios, no sólo se liberará de las aflicciones del nacimiento y la muerte en forma personal, sino que, además, guiará a otros a la iluminación. Luego, se apoderará de mi reino y lo convertirá en una tierra pura. ¿Qué debo hacer?». Entonces, el Rey Demonio convoca a todos sus súbditos de los tres mundos del deseo, la forma y lo informe, y les dice: «Ahora, irán a hostigar a ese devoto, cada uno valiéndose de los mejores recursos que posea. Si no logran hacer que abandone la práctica budista, se apoderarán de la mente de sus discípulos, benefactores laicos o coterráneos, y de este modo tratarán de disuadirlo o de intimidarlo. Si estos intentos resultaran infructuosos, yo mismo bajaré y tomaré posesión de la mente y el cuerpo de su soberano, para perseguir a ese devoto. Juntos, ¡no cejaremos hasta impedirle que logre la Budeidad!».

Yo, Nichiren, tengo conciencia de esto desde hace mucho tiempo; por eso, sé cuán difícil le resulta a una persona común, en la última época, llegar a ser un buda en esta existencia. Los sutras describen, en muchas partes, cómo logró la iluminación Shakyamuni; los obstáculos que debió enfrentar a causa del Rey Demonio del Sexto Cielo parecen por completo insalvables. Los actos depravados de Devadatta y del rey Ajatashatru se debieron, únicamente, a la función de este demonio. El Sutra del loto afirma: «Puesto que el odio y los celos hacia este sutra abundan incluso durante la vida de El Que Así Llega, ¡cuánto peor será después de su muerte!».2 Una persona común, como Nichiren, no podría resistir ninguna de las tribulaciones que sufrió El Gran Iluminado Honrado por el Mundo un solo día o incluso un solo instante, y mucho menos las diversas persecuciones que se abatieron sobre él durante más de cincuenta años. Es más, leemos que en el Último Día, los hostigamientos serán cien, mil, diez mil, un millón de veces mayores que en tiempos del Buda. Me pregunto cómo podría yo soportarlos... Pero se dice que un venerable es capaz de predecir lo que ocurrirá en el futuro. Con respecto a las tres existencias —⁠pasado, presente y futuro⁠—, entender el porvenir es el atributo que distingue a un venerable genuino. Y aunque tal vez yo no lo sea, desde hace un tiempo sé que el Japón, en nuestra época, ocasionará su propia ruina [debido a su apego a las enseñanzas erróneas].

Sabía que, si me atrevía a enunciarlo públicamente, era porque tenía que ser, con seguridad, el devoto del Sutra del loto, cuya aparición en las épocas futuras había anunciado el Buda cuando exclamó: «¡Cuánto peor será después de su muerte!». Pero si, sabiendo lo que me deparaba el futuro, prefería callar, me condenaba a nacer mudo o tartamudo en existencia tras existencia. En tal caso, yo mismo sería un gran enemigo del buda Shakyamuni, señor de las enseñanzas, culpable de traicionar al soberano del Japón. Y tras la muerte, caería en la gran ciudadela del infierno del sufrimiento incesante. Así pues, durante todos estos años he venido advirtiéndome que, aunque me faltara la comida o la ropa, aunque me censuraran mis padres, hermanos, maestro y colegas, o fuera perseguido por el gobernante y toda la población, si cualquiera de estas razones iba a hacerme titubear aun en lo más mínimo, lo mejor sería que callara desde el primer momento.

Durante infinidad de kalpas pasados, es posible que haya conocido el Sutra del loto y haya albergado el deseo de lograr la iluminación muchas veces. No obstante, suponiendo que haya soportado una o dos adversidades, debo de haber renunciado en el momento de verme ante una sucesión de grandes obstáculos. En esta existencia, supe que, si me proponía de verdad soportar las pruebas más duras, en tal caso debía hablar con coraje. Eso fue lo que hice, y tal como predice el sutra, me he encontrado con un hostigamiento tras otro.

Pero ahora mi determinación es inamovible. Resuelto a soportar cualquier adversidad, he cumplido la predicción del Buda y no albergo la menor duda. Hoy, vivo aquí, en este bosque de montaña. Aunque usted abandonara la fe en el Sutra del loto, ¿cómo podrían ser extraños para mí aquellos que me ayudaron a sobrevivir, aunque no fuese más que un día o un instante? Nunca me detuve a pensar en lo que pudiera sucederme en forma personal. Prometí que, aun en el peor de los casos, mantendría la fe sin retroceder y que, si llegaba a ser un buda, los guiaría a todos a la iluminación. Los conocimientos de ustedes sobre el budismo no son tantos como los míos; por otro lado, ustedes son creyentes laicos, con tierras, esposas, hijos y vasallos a su cargo. Así que mantener la fe durante toda la vida tal vez les resulte sumamente difícil. Por eso siempre les he dicho que, en su posición social, les convendría fingir ignorancia con respecto a esta enseñanza. Pero, pase lo que pase en el futuro, tengan la certeza de que yo jamás los abandonaré ni los expondré.

Con respecto a mis enseñanzas, considere que las que transmití antes de mi exilio a la provincia de Sado equivalen a las enseñanzas del Buda previas al Sutra del loto. Había creído que, si el soberano de este país deseaba gobernar bien, ordenaría a los sacerdotes de la escuela Palabra Verdadera que debatieran conmigo en forma abierta; yo pensaba, entonces, revelar una cuestión de importancia en verdad suprema. Antes de que me desterraran, había ocultado esta cuestión incluso a mis discípulos, por miedo a que si se la revelaba, aun en forma confidencial, ellos sin darse cuenta acabasen divulgándola a los sacerdotes de la escuela Palabra Verdadera, quienes, en este caso, eludirían el debate. Por eso me abstuve de contársela también a cada uno de ustedes.

Pero luego, la noche del duodécimo día del noveno mes, en el octavo año de Bun´ei (1271), estuve a punto de morir decapitado en Tatsunokuchi. Entonces, me compadecí de mis seguidores, pensando que todavía no había revelado a ninguno de ellos mi verdadera enseñanza. Con esta idea, secretamente la transmití3 a mis discípulos desde la provincia de Sado. Después de la muerte del Buda, hubo grandes estudiosos y maestros que conocieron esta enseñanza, como MahakashyapaAnandaNagarjunaVasubandhuT’ien-t’aiMiao-loDengyo y Gishin, pero la mantuvieron en reserva y no la expresaron en forma verbal. Y la razón es que el Buda les había prohibido propagarla, señalando: «Después de mi muerte, esta gran Ley no deberá ser revelada hasta que llegue el Último Día de la Ley».4 Tal vez yo no sea un enviado del Buda, pero mi aparición en este mundo coincide con la era del Último Día. Además, en contra de lo que yo hubiera esperado, llegué a tomar conciencia de esta enseñanza, y hoy la expongo para allanar el camino a un venerable.5

Con la aparición de esta enseñanza, todas las doctrinas postuladas por los estudiosos y maestros del budismo durante los días Primero y Medio de la Ley serán como estrellas después del amanecer o como un torpe aprendiz al lado de un maestro consumado. Está escrito que, una vez que esta enseñanza se revele en esta era, las imágenes del Buda y los sacerdotes de los templos construidos en los días Primero y Medio perderán su poder de beneficiar a las personas, y sólo esta gran enseñanza se propagará en toda la tierra de Jambudvipa. Dado que todos ustedes poseen un lazo con ella, deberían sentirse tranquilos y seguros.

Utsubusa recorrió una larga distancia para visitarme, pese a su edad avanzada. Pero como supe que la suya era una simple visita circunstancial, que aprovechó para hacer cuando volvía del santuario a la deidad de sus ancestros, preferí no recibirla, aun cuando esta decisión me afligió mucho por ella. Si le hubiera permitido verme, la habría expuesto a actuar contra el Sutra del loto, ya que todas las deidades son súbditas de un amo que es el Sutra del loto. Hasta las normas de la sociedad reprueban que uno visite a su señor feudal de paso, cuando regresa de ver a alguno de sus vasallos. Pero, a la vez, Utsubusa es una monja laica; por tal razón, su primer pensamiento debería estar puesto en el Buda. Como, además de este desliz, ella había cometido otras faltas, me vi en la obligación de negarme a recibirla. Con todo, no se trata sólo de ella; tampoco acepté ver a muchos otros que se detuvieron a visitarme cuando volvían de la posada en las termas de Shimobe.6 Utsubusa es una anciana de la misma edad que hoy tendrían mis padres. Me aflige tremendamente haberla decepcionado, pero necesito que ella comprenda este punto.

Dos años atrás, usted vino a visitarme; después de eso, escuché —⁠no sé si será cierto o falso⁠— que había enfermado, y quise enviar un mensajero en busca de noticias sobre usted. Pero mis discípulos, aun conscientes de mi preocupación, me aconsejaron que no lo hiciera para no exponerlo a una situación embarazosa. Así que abandoné la idea: debo reconocer que así funciona la sociedad. Pensé que si, en verdad, usted se hallara en graves problemas de salud, me lo haría saber por intermedio de un mensajero, pues hasta ahora siempre ha sido un creyente sincero y leal. Pero como no he tenido noticias suyas, deliberadamente me abstuve de averiguar, no obstante la preocupación que me mantuvo en vilo durante este tiempo. Todo en este mundo está sujeto a la transitoriedad, pero en el pasado año y en este que transcurre han sucedido tantos conflictos, que me pregunté si alguna vez volvería a verlo. Justo cuando ansiaba saber algo de usted, llegó su carta; nada podría haberme hecho más feliz. Por favor, explíquele a la monja laica Utsubusa todo lo que le he señalado.

Me gustaría referirme más a mi enseñanza, pero esta carta ya se ha extendido demasiado. Hablé de las escuelas ZenNembutsu y Preceptos. Pero, de las muchas corrientes budistas, la enseñanza que causó el derrumbe de la China y que destruirá también al Japón es la escuela Palabra Verdadera. Los seis sacerdotes —⁠los maestros del Tripitaka Shan-wu-weiChin-kang-chih y Pu-k´ung, más los grandes maestros KoboJikaku y Chisho⁠— no pudieron ver en forma clara la superioridad relativa del Sutra del loto con respecto a los tres sutras de la Palabra Verdadera, como el Sutra Mahavairochana. Pero, además, los primeros tres maestros del Tripitaka crearon objetos de devoción que representaban a los dos mundos —⁠el del Diamante y el de la Matriz⁠— e indujeron falsamente a las personas a creer que tales mandalas eran originarios de la India. Engañados de este modo, los tres grandes maestros aprendieron las doctrinas de la escuela Palabra Verdadera, las trajeron al Japón y las transmitieron a todos los habitantes del territorio, desde el gobernante hasta el último plebeyo. El emperador Hsüan-tsung de la China perdió su imperio por las doctrinas de la escuela Palabra Verdadera y el Japón también se encamina a una franca declinación. El Emperador retirado de Oki, octogésimo segundo gobernante, debió entregar su poder vencido por el gobierno de Kamakura, pese a que el gran bodhisattva Hachiman había jurado proteger a los cien futuros gobernantes.7 La única causa de este infortunio han sido las rogativas que, a pedido de la Corte Imperial, elevaron eminentes sacerdotes seguidores de los tres grandes maestros antedichos. Estas plegarias «recayeron en aquellos que las habían generado».8

Como el sogunato de Kamakura atacó esta doctrina perniciosa y a los malos maestros que la exponían, tal vez haya podido gobernar el país durante las dieciocho generaciones siguientes, hasta el centésimo soberano, de acuerdo con el juramento del gran bodhisattva Hachiman. Sin embargo, ahora recurre a los hombres de esa misma doctrina fatídica que antes había combatido. Por ende, como el Japón ya no posee un gobernante digno de ser protegido, BrahmaShakra, las deidades del Sol y de la Luna y los cuatro reyes celestiales han llegado a un dictamen y han ordenado a un país extranjero que amenace al Japón. También han despachado como emisario al devoto del Sutra del loto. Y sin embargo, el soberano no presta oído a lo que él le advierte. Por el contrario, se alía con los sacerdotes y siembra el caos tanto en el mundo secular del gobierno como en la esfera religiosa del budismo. Como resultado de ello, se ha convertido en un poderoso enemigo del Sutra del loto. Y como sus actos contra la Ley datan ya de tanto tiempo, el país se ha puesto al borde mismo de la ruina.

La epidemia de hoy es sólo el preámbulo de la gran guerra que podría desatarse. ¡Qué lamentable! ¡Qué trágico! 


Nichiren


En el vigésimo tercer día del segundo mes.

 

Carta a Misawa


Notas


1. Es bastante infrecuente que una carta comience con una exhortación de esta naturaleza. Lo más probable es que Nichiren Daishonin haya concebido la frase a modo de posdata, y que la haya incluido adelante por falta de espacio al final.

2. Sutra del loto, cap. 10.

3. Esto alude a dos importantes escritos: La apertura de los ojos, finalizado en el segundo mes de 1272, y El objeto de devoción para observar la vida, escrito en el cuarto mes de 1273.

4. No se trata de una cita real; antes bien, expresa la interpretación del Daishonin sobre el significado de diversos pasajes del Sutra del loto.

5. Aquí, «venerable» indica al bodhisattva Prácticas Superiores, a quien el buda Shakyamuni encomendó la misión de propagar la Ley Mística en el Último Día, tal como dice el capítulo «Poderes sobrenaturales» del Sutra del loto. En varios de sus escritos, el Daishonin se refiere a sí mismo, humildemente, como el precursor del bodhisattva Prácticas Superiores.

6. Centro termal situado siete kilómetros al noreste de Minobu, en la actual prefectura de Yamanashi.


7. Se dice que Hachiman, durante el reinado del quincuagésimo primer soberano, el emperador Heizei (r. 806-809), juró proteger la nación hasta el reinado del centésimo soberano.

8. Sutra del loto, cap. 25. En el sutra, la oración se lee en tiempo futuro. Aquí se ha modificado el tiempo verbal para adecuarlo al contexto de la carta. El Daishonin cita este pasaje como alusión al Emperador retirado de Oki —⁠es decir, el ex emperador Gotoba (1180-1239) ⁠— quien recurrió a las rogativas de la escuela Palabra Verdadera para vencer al gobierno de Kamakura, pero fracasó y fue desterrado a la isla de Oki 


Antecedentes


Escrita en el cuarto año de Kenji (1278), esta carta también suele identificarse como Antes y después de Sado, porque traza una clara distinción entre las enseñanzas que el Daishonin expuso antes de su destierro a la isla de Sado y las que transmitió durante el exilio o con posterioridad. Compara las primeras con las enseñanzas previas al Sutra del loto, que Shakyamuni predicó como medios preparatorios para guiar a sus discípulos al Sutra del loto. Con respecto a su verdadera enseñanza, el Daishonin dice: «Secretamente la transmití a mis discípulos desde la provincia de Sado». Cita las palabras del Buda y se refiere a esa enseñanza, sin más, como «esta gran Ley». Para ser precisos, dicha doctrina fue explicada en dos de sus escritos más importantes: La apertura de los ojos y El objeto de devoción para observar la vida.

En general, se acepta que el destinatario de esta carta fue Misawa Kojiro, seguidor laico del Daishonin que cumplía funciones como señor feudal de Misawa, en el distrito Fuji, provincia de Suruga, aunque algunos consideran que fue dirigida al nieto de Kojiro, Masahiro.

Al parecer, Misawa mantenía cierta distancia del Daishonin por miedo a despertar la animosidad y la sospecha del sogunato de Kamakura. Pero el Daishonin exhibe una actitud comprensiva hacia él, consciente de su posición como señor de una comarca, responsable de su feudo, su clan y sus vasallos. Con esta postura, lo alienta cálidamente.