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lunes, 22 de junio de 2026

Gosho - Sobre las ofrendas a los ancestros fallecidos



He dispuesto frente al Buda sus ofrendas de un costal de arroz, arroz disecado, melones, berenjenas y otros productos.

Con respecto al origen de la ceremonia en memoria de los ancestros fallecidos,1 entre los discípulos del Buda había uno conocido como el honorable Maudgalyayana. Descollaba por su dominio de los poderes trascendentales, e igualaba en importancia a Shariputra, el primero en sabiduría. Ambos eran como el sol y la luna alrededor del monte Sumeru, o como los ministros de la Derecha y la Izquierda que asisten a un gran soberano.

El padre de Maudgalyayana se llamaba Kissen Shishi, y la madre, Shodai-nyo.2 Cuando esta última murió, debió renacer en el reino de las entidades hambrientas, a causa de su avaricia y de su apetito codicioso, pero el honorable Maudgalyayana la rescató de ese lugar. Ello dio origen a la tradición de esta ceremonia.

Todo sucedió como describo a continuación. Aunque la madre de Maudgalyayana sufría en el reino de las entidades hambrientas en donde había caído, Maudgalyayana no tenía forma de saberlo, porque era un simple mortal. De niño, él había entrado a servir en la casa de un maestro brahmanista, y allí había estudiado a fondo los cuatro Vedas y las dieciocho escrituras principales, que integran el conjunto sagrado de los escritos brahmánicos. Sin embargo, en esa época él todavía ignoraba dónde había renacido su madre.

Luego, a los trece años, él y Shariputra fueron juntos a visitar al buda Shakyamuni, a quien tomaron como maestro. Poco después, Maudgalyayana pudo liberarse de las ilusiones del pensamiento y avanzar al primer estadio de sapiencia;3 más tarde, disipó las ilusiones del deseo y llegó a ser un arhat, lo cual le permitió acceder a las tres facultades introspectivas y a los seis poderes trascendentales. Cuando abrió su ojo celestial, pudo contemplar el gran sistema planetario como si este se reflejara en un nítido espejo. Su visión penetró la tierra y vislumbró los tres malos caminos, así como nosotros, al fijar la vista en una delgada capa de hielo, vemos los peces que se hallan debajo, cuando alumbran los rayos del sol matinal. Fue así como Maudgalyayana, al enfocar su mirada, vio a su madre en el reino de las entidades hambrientas.

La mujer no tenía nada para beber o comer. Su piel parecía la de un faisán dorado cuando le arrancan las plumas; se le notaban los huesos como piedras romas puestas una al lado de la otra. Su cabeza era inmensa como un balón; el cuello, delgado como un hilo, y tenía el vientre hinchado como el oleaje del mar. Con la boca abierta y las palmas unidas mendigando qué comer, parecía una sanguijuela famélica que ha olfateado un rastro humano.

No hay metáfora que sirva para describir la imagen de esa mujer esquelética mirando al hijo que había tenido en su existencia anterior y rompiendo a llorar... Y uno se imagina lo que habrá sentido Maudgalyayana al contemplar esa escena desgarradora.

El sacerdote Shunkan, administrador del templo Hossho-ji, vivía exiliado en la isla de Iogashima. Desnudo, con el cabello suelto y desgreñado, el cuerpo demacrado y enjuto, vagaba a orillas del mar donde recogía trozos de algas para cubrirse la entrepierna, o manoteaba peces de un zarpazo, con la diestra, para hincarles el diente a mordiscones. En ese momento, llegó a la isla un joven que antaño había estado al servicio del sacerdote.4 No sabría decir cuál de las dos imágenes habrá sido más patética: si la de este monje o la de la madre de Maudgalyayana... Me atrevo a pensar que esta última fue la más dolorosa de contemplar.

Así pues, tan hondo y absoluto fue el pesar del honorable Maudgalyayana al ver así a su madre, que de inmediato apeló a sus grandes poderes trascendentales para ofrecerle un poco de arroz. La mujer, transfigurada de alegría, tomó un puñado con la mano derecha y escondió el resto en la izquierda, pero al llenarse la boca de arroz sucedió lo menos pensado: ¡el alimento se convirtió en fuego y comenzó a arder! Las llamas se avivaron como si alguien hubiera encendido un manojo de antorchas, y el cuerpo de la mujer crepitó y se abrasó.

Al ver esto, Maudgalyayana se aterrorizó; azorado y confundido, utilizó sus poderes trascendentales para conjurar un gran caudal de agua. Pero el agua se convirtió en leña, y el cuerpo de su madre ardió con furia incandescente. Al ver lo que ocurría, la congoja de Maudgalyayana fue inmensa.

Comprendió entonces que sus poderes trascendentales eran absolutamente inútiles para remediar la situación. En un instante partió a la carrera y apareció ante el Buda, a quien expuso su alegato entre lágrimas.

—⁠Nací en una familia de creyentes brahmanistas —⁠comenzó⁠—, pero luego me convertí en discípulo del Buda. Llegué a la categoría de arhat, me liberé del renacimiento en los tres mundos y adquirí las tres facultades introspectivas y los seis poderes trascendentales que caracterizan a los arhats. ¡Pero ahora que intento rescatar a mi madre de sus atroces tormentos, sólo consigo agravar su angustia, y el corazón se me desgarra de aflicción!

—⁠Tu madre —⁠respondió el Buda⁠— ha cometido graves faltas. Y tus poderes no bastan para reparar esta situación. A decir verdad, nadie tiene poder suficiente para hacerlo: ni las deidades celestiales y terrenales, ni los demonios, ni los brahmanes, ni los sacerdotes taoístas; ni los cuatro reyes celestiales, ni las deidades Shakra y Brahma. Por lo tanto, el decimoquinto día del séptimo mes, congrega a todos los monjes venerables de las diez direcciones, prepara ofrendas de alimentos y bebidas que representen cien sabores distintos, y obséquialas con el fin de rescatar a tu madre de sus padecimientos.

Maudgalyayana hizo como el Buda le había indicado y, entonces, su madre fue liberada del estado de las entidades hambrientas, donde debía sufrir por el término de un kalpa. Así lo expone la escritura conocida como el Sutra de la ceremonia por los difuntos. Por esta razón, aun ahora, en esta última época posterior a la muerte del Buda, la gente celebra esta ceremonia el decimoquinto día del séptimo mes. Es una práctica habitual en la población.

Yo, Nichiren, quiero destacar lo siguiente. De los diez estados, el honorable Maudgalyayana pertenecía al de los que escuchaban la voz. Observaba los doscientos cincuenta preceptos con la solidez de una roca, y acataba las tres mil reglas de conducta, sin faltar a una sola, con la perfección de la luna llena en la decimoquinta noche del mes. Su sabiduría era espléndida como el sol, y sus poderes trascendentales le permitían rodear el monte Sumeru catorce veces5 y poner en movimiento la gigantesca montaña.

Y sin embargo, siendo un venerable de tal magnitud, no podía saldar la inmensa deuda de gratitud que lo unía a su madre. Más aún, cuando intentó hacerlo, acabó causándole un sufrimiento mayor.

A diferencia de él, los sacerdotes de la época actual observan los doscientos cincuenta preceptos sólo nominalmente y, en realidad, se aprovechan de esta supuesta observancia religiosa para embaucar a la gente. No tienen un ápice de poderes trascendentales; menos tardaría un peñasco en ascender a los cielos que ellos en desplegar tales poderes. Su sabiduría, propia de bueyes, no se diferencia mucho de la que poseen los carneros. Aunque se reúnan de a miles o decenas de miles, jamás podrán, ni por asomo, aliviar el sufrimiento de sus difuntos padres.

Pero, habiendo analizado todos los factores, el motivo por el cual el honorable Maudgalyayana no lograba rescatar a su madre del sufrimiento era que había depositado su fe en la corriente Hinayana del budismo y que se había consagrado a observar los doscientos cincuenta preceptos. Según el Sutra Vimalakirti, el laico así llamado criticó a Maudgalyayana y le dijo: «Los que os dan ofrendas caerán en los tres malos caminos». Este pasaje significa que las personas que hagan ofrendas al honorable Maudgalyayana —⁠un sabio que observa los doscientos cincuenta preceptos⁠— renacerán en alguno de los tres malos caminos. Y esto no sólo se aplica a Maudgalyayana, sino a todos los discípulos que escuchan la voz y a los que, en esta última época, hacen hincapié en la observancia de preceptos.

Comparado con el Sutra del loto, el Sutra Vimalakirti que acabo de mencionar no es más que un humilde sirviente en el escalafón inferior del vasallaje. El punto es que el honorable Maudgalyayana aún no había logrado la Budeidad. Y como él mismo todavía no había alcanzado el estado de Buda, le costaba de manera inimaginable liberar a sus padres del sufrimiento. ¡Cuánto más difícil, entonces, le era salvar a cualquier otra persona!

No obstante, luego, cuando siguió la enseñanza del Sutra del loto y descartó sinceramente los medios preparatorios,6 el honorable Maudgalyayana rechazó y desechó en forma instantánea los doscientos cincuenta preceptos del Hinayana y entonó Nam-myoho-renge-kyo. Tiempo después, logró la Budeidad y llegó a ser el buda Tamalapattra Fragancia de Sándalo. En ese momento, su padre y su madre también lograron la Budeidad. Por eso, leemos en el Sutra del loto: «Entonces, nuestros deseos se harán realidad, y la multitud verá colmados sus anhelos».7

Maudgalyayana heredó su cuerpo físico de ambos padres. Por lo tanto, cuando el cuerpo físico de él logró la Budeidad, lo mismo ocurrió con el cuerpo de sus progenitores.

A modo de analogía, consideremos el caso del jefe militar Taira no Kiyomori, gobernador de Aki, quien vivió en tiempos del emperador Antoku, octogésimo primer soberano del Japón. Kiyomori, a fuerza de mucho batallar, venció a los enemigos de la nación y, con el tiempo, llegó a ser Gran Ministro de Estado, el cargo público más importante del país. El emperador Antoku fue su nieto. A todos los miembros de su clan se les permitió entrar en el palacio y desempeñar puestos de gran importancia. Kiyomori tenía en la palma de la mano a todo el Japón, con sus sesenta y seis provincias y sus dos islas costeras.8 Y la gente se inclinaba a su paso, como se doblan las plantas y los árboles ante un gran vendaval.

Pero se dejó dominar por la arrogancia y el orgullo, y, al final, su desprecio apuntó hacia los budas y las deidades. Quiso entonces controlar a los custodios de los santuarios y a los sacerdotes budistas. Y a raíz de ello, se ganó la enemistad de los monjes del monte Hiei y de los siete templos principales de Nara. Con el tiempo, el vigésimo segundo día del duodécimo mes, en el cuarto año de la era Jisho (1180), destruyó mediante el fuego dos de esos siete templos: el Todai-ji y el Kofuku-ji.

La retribución de tan grave falta no se hizo esperar y cayó sobre la propia persona del Gran Ministro y sacerdote laico. Al año siguiente, primero de la era Yowa, el cuarto día del segundo mes intercalar, [contrajo unas fiebres] y comenzó a arder cual si fuese un trozo de carbón, como si su carne fuera el aceite, y el rostro, las llamas. Finalmente, lenguas de fuego brotaron de su cuerpo, y acabó pereciendo por el calor.

Pero el producto de sus graves faltas también recayó sobre Munemori, su segundo hijo varón. Se pensó que este había muerto ahogado en el mar occidental [durante la batalla de Dannoura], pero apareció flotando en el horizonte oriental, donde fue capturado, maniatado y obligado a inclinarse en presencia del general de la Derecha, Minamoto no Yoritomo.

Por su parte, Tomomori, el tercer hijo varón de Kiyomori, se arrojó a las olas y acabó siendo excremento de pescado. Y Shigehira,9 el cuarto hijo, fue apresado y maniatado. Lo arrastraron por las calles de Kioto y de Kamakura y, por fin, lo entregaron a los siete templos principales de Nara. Allí, cien mil seguidores de esos templos se reunieron en gran multitud; lo declararon enemigo del Buda y, uno por uno, lo atravesaron con sus espadas.

El peor de todos los males genera consecuencias que no sólo afectan a los perpetradores de manera personal, sino que además se extienden a sus hijos, nietos y demás descendientes, hasta la séptima generación. Y lo mismo se aplica al más grande de todos los bienes.

El honorable Maudgalyayana abrazó la fe en el Sutra del loto, que es el gran bien supremo. De esa forma, además de llegar a ser él mismo un buda, hizo que sus padres lograran la Budeidad. Y por sorprendente que parezca, todos los padres y madres de las siete generaciones anteriores y de las siete generaciones posteriores, y, en verdad, de incontables existencias pasadas y futuras, pudieron llegar a ser budas. Además, todos sus hijos, cónyuges, vasallos, benefactores e incontables allegados pudieron escapar de los tres malos caminos, llegar al primer nivel de seguridad y, luego, a la Budeidad, el estado de la perfecta iluminación.

Por ende, en el tercer volumen del Sutra del loto se afirma: «Suplicamos que el mérito acumulado gracias a estas ofrendas se extienda a lo ancho y a lo largo, a todas las personas, para que nosotros y los demás seres vivos entremos juntos en el Camino del Buda».10

Con todo esto en mente, recuerdo que usted tiene un nieto, Jibu-bo, que es sacerdote budista. Este sacerdote no observa los preceptos ni posee sabiduría. No acata ni uno sólo de los doscientos cincuenta preceptos, ni una sola de las tres mil reglas de conducta. Por su falta de sabiduría, podría contárselo entre los bueyes o caballos; por su nula observancia de las normas, podría comparárselo con un mono. Pero venera al buda Shakyamuni y cree en las enseñanzas del Sutra del loto. Por eso, es como la serpiente que lleva una gema entre las mandíbulas o como el dragón que porta sobre su cabeza las reliquias sagradas.11 La glicina, si se enrosca alrededor de un pino, puede ascender mil brazas en el aire. Y la grulla, porque cuenta con sus alas, puede surcar una distancia de mil ris. No son sus propias fuerzas las que les permiten hacer tales cosas.

Esto también se aplica al sacerdote Jibu-bo. Aunque es como la glicina, porque se aferra al pino del Sutra del loto, puede escalar la montaña de la perfecta iluminación. Como confía en las alas del vehículo único, puede surcar el cielo de la Luz Tranquila. Con alas como estas, es un sacerdote capaz de confortar no sólo a sus padres y a sus abuelos, sino también a los demás integrantes de su familia hasta la séptima generación.

¡Qué mujer tan afortunada es usted, por tener esta joya de nieto! La hija del Rey Dragón ofrendó la gema que poseía y, a cambio, obtuvo la Budeidad.12 Usted ha ofrendado a su nieto como devoto del Sutra del loto, y esto la conducirá a la iluminación.

Estoy tan apremiado por diversas cuestiones, que ahora no puedo seguir escribiendo detalladamente. Volveré a hacerlo en otra oportunidad.


Con mi profundo respeto, Nichiren


En el decimotercer día del séptimo mes.

 

Respuesta a la abuela de Jibu-bo


Notas


1. Ceremonia budista realizada para el reposo de los difuntos. Estos servicios recordatorios se efectuaban en forma anual, por lo general el decimoquinto día del séptimo mes.

2. Kissen Shishi y Shodai-nyo son los nombres japoneses con que se conocía a ambos. Pero se ignoran sus nombres sánscritos.

3. Primero de los cuatro niveles de iluminación del Hinayana, que aspiran a lograr los practicantes que escuchan la voz.

4. Shunkan (m. 1179) fue un sacerdote de la escuela Tendai. En 1177, participó en la conspiración para derrocar a Taira no Kiyomori, quien tenía el control militar de la capital. Sin embargo, el plan fue descubierto y Shunkan fue deportado a Iogashima, una isla al sur de Kyushu, donde murió. Según el Heike monogatari (Cuento de Heike), durante el tercer año del exilio de Shunkan, viajó a la isla a visitar a su maestro un joven llamado Ario, que le había prestado servicio desde la infancia.

5. En su obra Palabras y frases del «Sutra del loto», T’ien-t’ai cita una declaración similar del Sutra agama sobre el incremento de a uno.

6. Sutra del loto, cap. 2.

7. Ib., cap. 9.

8. «Dos islas costeras» se refiere a Iki y a Tsushima, situadas frente a la costa de Kyushu.

9. Taira no Shigehira (1156-1185). En 1180, bajo órdenes de su padre, Taira no Kiyomori, atacó a los sacerdotes de Nara y quemó los templos Todai-ji y Kofuku-ji. Sin embargo, en 1184 Shigehira fue capturado por las tropas de Minamoto en la batalla de Ichinotani, y entregado a los sacerdotes de Nara, quienes lo mandaron decapitar.

10. Sutra del loto, cap. 7.

11. En una ocasión, el marqués chino de Sui encontró una gran serpiente herida. La curó con remedios y, luego, la vio aparecer con una piedra preciosa en la boca, para recompensarlo. La historia figura en la carta que Yang Te-tsu escribió a Ts’ao Chih (192-232), incluida en la obra Antología literaria. Se desconoce la fuente de la referencia al dragón.

12. Esta mención aparece en el capítulo «Devadatta» del Sutra del loto. La niña dragona poseía una joya de valor incalculable, que obsequió al Buda.


Antecedentes


Esta carta fue escrita a la abuela de Jibu-bo Nichii, uno de los discípulos del Daishonin, en respuesta a las ofrendas que la mujer había hecho, poco antes del servicio anual en memoria de los difuntos.

Aunque, tradicionalmente, la fecha de este escrito se atribuyó al tercer año de Kenji (1277), estudios recientes sugieren que data del segundo año de Koan (1279).

En el texto, el Daishonin explica en detalle el origen de la ceremonia que acostumbraba hacerse en esa época. Remonta las raíces de esta tradición a la lucha de Maudgalyayana por salvar a su madre fallecida. Y dice que Maudgalyayana, uno de los discípulos más importantes de Shakyamuni, no había podido aliviar el tormento de su madre porque, habiendo depositado su fe en el budismo Hinayana y habiéndose dedicado a la observancia de preceptos, seguía sin poder lograr la Budeidad. Cuando Maudgalyayana rechazó los preceptos, entonó Nam-myoho-renge-kyo y logró la Budeidad, sus padres fallecidos también se iluminaron, afirma el Daishonin.

Se cree que la abuela de Jibu-bo vivió en el distrito de Ihara, provincia de Suruga. Según la Lista de discípulos a quienes Nikko otorgó el Gohonzon, confeccionada por Nikko Shonin, Jibu-bo había sido un sacerdote del budismo Tendai, asignado al templo Shijuku-in, en Suruga, que abrazó las enseñanzas del Daishonin y estudió bajo la guía de Nichiji —⁠quien luego sería uno de los seis sacerdotes principales⁠—. Aunque se desconocen los detalles, se cree que fue Jibu-bo quien introdujo a su abuela en la práctica del budismo de Nichiren Daishonin.