Pensé cuán trágico sería que nuestro país corriese una suerte similar y decidí arriesgar vida y reputación enfrentándome a las autoridades. Pero tal como un vendaval provoca grandes olas, o como un dragón poderoso causa lluvias torrenciales, mis advertencias sólo sirvieron para aumentar la animosidad. El Consejo Supremo del Regente se reunió para debatir si me decapitaría o me expulsaría de Kamakura; si confiscaría las propiedades de mis discípulos y seguidores laicos, o los ejecutaría; si los encarcelaría o los desterraría a lugares remotos.
Al enterarme de esto, me alegré y dije que venía esperando este desenlace desde hacía mucho tiempo. En el pasado, el niño Montañas Nevadas ofrendó su cuerpo con tal de escuchar la mitad de una estrofa; el bodhisattva Lamento Perpetuo vendió el suyo; el niño Buenos Tesoros se arrojó al fuego; el asceta Aspiración a la Ley se arrancó la piel; el bodhisattva Rey de la Medicina se quemó los brazos; el bodhisattva Jamás Despreciar fue golpeado con palos y varas; el honorable Aryasimha murió decapitado, y al bodhisattva Aryadeva lo asesinó alguien que no practicaba el budismo [y todo por la devoción de esas personas a la fe budista].
Estos hechos deberían ser ponderados considerando la época en que ocurrieron. El gran maestro T’ien-t’ai declara que la práctica deberá ser la que «concuerde con los tiempos».4 El gran maestro Chang-an señala: «Las elecciones de uno deben ser las adecuadas [a la época] y nunca ceñirse a una u otra».5 El Sutra del loto representa una única verdad, pero la forma que adopta su práctica varía enormemente de acuerdo con la capacidad de las personas y con la época.
El Buda formuló una predicción: «Después de mi muerte, a comienzos del Último Día de la Ley, posterior a los dos milenios de los días Primero y Medio, aparecerá una persona que propagará sólo la esencia del Sutra del loto, los cinco ideogramas del daimoku. En ese momento, el poder estará en manos de un gobernante perverso, y los sacerdotes corruptos, más numerosos que las partículas de polvo de la tierra, discutirán acerca de los diversos sutras del Mahayana y del Hinayana. Cuando el devoto del daimoku refute a tales monjes, estos incitarán a sus seguidores laicos a insultarlo, golpearlo o encarcelarlo, a que le confisquen las tierras, lo exilien o lo decapiten. A pesar de tales persecuciones, aquel sostendrá la propagación sin cesar. Mientras tanto, el gobernante que lo persiga enfrentará el azote de una rebelión, y sus súbditos se devorarán unos a otros como entidades hambrientas. Finalmente, la tierra será atacada por un país extranjero, pues Brahma, Shakra, las deidades del Sol y de la Luna, y los cuatro reyes celestiales habrán ordenado a las demás potencias que ataquen el territorio hostil al Sutra del loto».6
Ahora que ha comenzado el Último Día de la Ley, yo, Nichiren, soy el primero en iniciar en todo Jambudvipa la propagación de los cinco caracteres de Myoho-renge-kyo, que son el corazón del Sutra del loto y el ojo de todos los budas. Durante los dos mil doscientos veinte años o más transcurridos desde la muerte del Buda, ni siquiera Mahakashyapa, Ananda, Ashvaghosha, Nagarjuna, Nan-yüeh, T’ien-t’ai, Miao-lo o Dengyo han podido propagarlos. Discípulos míos, ¡formen filas y síganme: superarán incluso a Mahakashyapa o a Ananda, a T’ien-t’ai o a Dengyo! Si vacilan ante las amenazas del gobernante de este pequeño país insular [y abandonan la fe], ¿cómo piensan enfrentar la furia mucho más temible de Yama, el señor de los infiernos? Si dicen ser mensajeros del Buda pero se entregan al miedo, ¡serán las personas más despreciables!
[Mientras el gobierno del Regente cavilaba sin poder llegar a ninguna conclusión,] los sacerdotes del Nembutsu, los que observaban los preceptos y los prelados de la escuela Palabra Verdadera, conscientes de que nunca podrían estar a la altura de mi sabiduría, elevaron peticiones al gobierno. Pero al ver que sus alegatos no eran aceptados, optaron por abordar a las viudas y esposas de ciertos altos funcionarios para murmurar infundios sobre mí. [Las mujeres comunicaron estas mentiras a los oficiales y dijeron:]
—Según hemos oído de algunos sacerdotes, Nichiren declaró que los difuntos sacerdotes laicos del Saimyo-ji y del Gokuraku-ji han caído en el infierno del sufrimiento incesante. Dijo que había que quemar los templos Kencho-ji, Jufuku-ji, Gokuraku-ji, Choraku-ji y Daibutsu-ji, y que los honorables sacerdotes Doryu y Ryokan debían ser decapitados.
En tales circunstancias, fue muy difícil que alguien negara mi culpabilidad ante el Consejo Supremo del Regente. Para confirmar si las palabras que se me atribuían eran falsas o no, fui citado a comparecer ante la Corte.
En el tribunal, el magistrado me interrogó:
—Ya ha oído lo que expuso el Regente. ¿Dijo o no dijo tales cosas?
—Cada una de esas palabras me pertenece —respondí—. Salvo la declaración de que los sacerdotes laicos del Saimyo-ji y del Gokuraku-ji han caído en el infierno, lo cual es un invento. He venido exponiendo esta doctrina [de que las escuelas a las que pertenecían conducen al estado de infierno] desde antes de que ellos murieran.
Al oír esto, el magistrado Hei no Saemon montó en cólera desaforada olvidando por completo la dignidad inherente a su cargo, como [antaño había hecho] el gran ministro de Estado y sacerdote laico [Taira no Kiyomori].
En el duodécimo día del noveno mes, octavo año de Bun’ei (1271), signo cíclico kanoto-hitsuji, fui arrestado de una manera tan extraña como ilegal, aun más inadmisible que la detención del sacerdote Ryoko —quien realmente era culpable de traición— o del maestro de la disciplina Ryoken, quien en verdad se propuso destruir al gobierno.7 Hei no Saemon vino a capturarme acompañado de varios cientos de guerreros enfundados en armaduras de combate. Ataviado con el tocado que usan los nobles de la Corte, llegó lanzando miradas furibundas y hablando en tono feroz. En esencia, su comportamiento no se apartó mucho de lo que había hecho el gran ministro de Estado y sacerdote laico, quien tomó el poder sólo para empujar el país hacia la destrucción.
Al observar lo que ocurría, comprendí que no estaba ante un hecho común y pensé: «En los últimos meses, vine esperando que sucediera algo así, tarde o temprano. ¡Qué afortunado soy de poder ofrendar la vida por el Sutra del loto! Si he de perder esta cabeza de escaso valor [en aras de la Budeidad], será como cambiar arena por oro, o guijarros por piedras preciosas».
Sho-bo, el vasallo en jefe de Hei no Saemon, se abalanzó hacia mí, me arrebató el rollo que contenía el quinto volumen del Sutra del loto8 —que yo llevaba en el interior de mi túnica— y con él me golpeó tres veces en pleno rostro. Luego, lo arrojó abierto sobre el suelo. Los demás guerreros aferraron los otros nueve rollos del sutra y, desplegándolos, tornaron a pisotearlos, a enrollarlos sobre su propio cuerpo y a diseminar las escrituras sobre el piso de madera o de esterilla, hasta que los textos cubrieron cada rincón de la morada.
Yo, Nichiren, manifesté en voz alta:
-¡Qué espectáculo! ¡Miren cómo enloquece Hei no Saemon! Caballeros, acaban de derribar al pilar del Japón...
Al oír estas palabras, los soldados se quedaron atónitos. Cuando me vieron allí de pie, imperturbable ante la temible fuerza de la ley, seguramente sintieron que se trataba de un error, pues sus rostros quedaron demudados.
Tanto en el décimo día [cuando comparecí ante la corte] como en el duodécimo, señalé a Hei no Saemon en forma minuciosa los errores de las escuelas Palabra Verdadera, Zen y Nembutsu, y también denuncié el fracaso de Ryokan, cuyas oraciones no habían servido para provocar lluvias. Mientras yo hablaba, sus guerreros lanzaban risotadas o reaccionaban con ira. Pero aquí no entraré en detalles.
Desde el decimoctavo día del sexto mes hasta el cuarto día del mes siguiente, Ryokan estuvo orando para que lloviera, pero yo me interpuse en sus plegarias a fin de que no obtuvieran resultado. Y aunque Ryokan se desgañitó rezando, lo único que cayó fueron sus lágrimas. Lejos de llover, en Kamakura soplaron fuertes e incesantes vendavales.
Cuando le informé lo sucedido con Ryokan, Hei no Saemon intentó defenderlo sin éxito hasta que, por fin, enmudeció. No transcribiré de manera literal toda la conversación que tuvimos y que abundó en detalles.
Aquella noche del duodécimo día, me dejaron en custodia del señor feudal de la provincia de Musashi.10 Y a eso de la medianoche, me trasladaron desde Kamakura con el propósito de ejecutarme. Cuando enfilamos por la avenida Wakamiya,11 miré a la multitud de guerreros que me rodeaba y dije:
—No hagan tanta alharaca: no causaré ningún problema. Sólo quiero pronunciar mis últimas palabras ante el gran bodhisattva Hachiman.
Desensillé y expresé en voz bien audible:
—Gran bodhisattva Hachiman, ¿eres realmente una deidad? Cuando Wake no Kiyomaro12 iba a ser decapitado, apareciste como una luna de tres metros de ancho. Cuando el gran maestro Dengyo disertó sobre el Sutra del loto, tú le ofrendaste una túnica de color púrpura. Yo, Nichiren, soy el devoto del Sutra del loto más prominente del Japón y no he cometido un solo acto reprochable. He expuesto la doctrina para impedir que todos los habitantes del país cayeran en la gran ciudadela del infierno del sufrimiento incesante debido a sus actos contra el Sutra del loto. Es más, si las fuerzas del gran Imperio mongol atacaran, ni siquiera la Diosa del Sol y el gran bodhisattva Hachiman podrían permanecer a salvo y salir ilesos. Cuando el buda Shakyamuni expuso el Sutra del loto, el buda Muchos Tesoros apareció junto a los budas y bodhisattvas de las diez direcciones, espléndidos como un sinfín de soles y lunas, de estrellas y espejos. En presencia de incontables deidades celestiales, acompañado por deidades benevolentes y por venerables de la India, la China y el Japón, el buda Shakyamuni exhortó a cada uno a jurar por escrito que protegería en todo momento al devoto del Sutra del loto. Y todos y cada uno de ustedes hicieron esa promesa. No debería tener que recordárselo. ¿Por qué no aparecen de una vez, para cumplir su solemne juramento?
Finalmente, proclamé:
—Si esta noche soy ejecutado y voy a la tierra pura del Pico del Águila, no dudaré en informar al buda Shakyamuni, señor de las enseñanzas, que la Diosa del Sol y el gran bodhisattva Hachiman han roto su juramento. Si sienten que esto les costará demasiado, ¡será mejor que hagan algo al respecto, y de inmediato!
Y entonces, monté nuevamente mi caballo.
Ya en las afueras, en la playa de Yui, volví a hablar cuando nuestro grupo pasó frente al santuario de ese lugar:
—Deténganse un minuto, caballeros. Tengo que transmitir un mensaje a alguien que vive en las cercanías.
Envié a un niño llamado Kumao en busca de Nakatsukasa Saburo Saemon-no-jo [Shijo Kingo], quien llegó a toda prisa.
Entonces, los cuatro hombres, Saemon-no-jo y sus hermanos, sujetando las riendas de mi caballo, marcharon conmigo a Tatsunokuchi, en Koshigoe.
Al cabo, llegamos a un lugar que supuse sería el sitio de mi ejecución. De hecho, los soldados se detuvieron e, inquietos, comenzaron a dar vueltas en derredor. Saemon-no-jo, con los ojos anegados en llanto, dijo:
—¡Son sus últimos momentos...!
—¡Usted no comprende...! —repliqué—. ¿Acaso podría haber una alegría más grande? ¿No recuerda ya lo que ha prometido?
De repente, no bien acabé de pronunciar estas palabras, un astro brillante, luminoso como la luna, apareció desde la región de Enoshima y atravesó el firmamento de sudeste a noroeste. Faltaba poco para que amaneciera, pero la oscuridad era tan profunda que no se podía distinguir un solo rostro. Y sin embargo, el objeto radiante iluminó claramente a todos, como la más brillante luna llena. El verdugo cayó de bruces, cegados los ojos, y el pánico cundió entre los soldados. Algunos huyeron a la carrera; otros desmontaron de un salto y se agazaparon en el suelo, mientras algunos se encogían sobre las monturas. Entonces, grité:
—¡Eh! ¿Por qué se esconden de este vil prisionero? ¡Acérquense! ¡Acérquense!
Pero nadie se me aproximó.
—¿Qué sucederá cuando salga el sol? Será mejor que se apresuren y me ejecuten de una vez, pues cuando aclare, la tarea les resultará muy desagradable.
Y así los seguí instando, pero ninguno respondió.
Aguardaron un tiempo más, y luego me ordenaron avanzar hacia Echi, en la misma provincia de Sagami. Respondí que, como ninguno de nosotros conocía el camino, alguien tendría que guiarnos hasta allí. Nadie quería encabezar la marcha, pero cuando llevábamos un rato esperando, un soldado finalmente dijo:
—Ese es el camino que hay que tomar.
De modo que partimos y seguimos avanzando hasta que llegamos a Echi a eso del mediodía. Entonces, fuimos a la residencia de Homma Rokuro Saemon, donde pedí que sirvieran sake a los soldados. Cuando les tocó el turno de irse, algunos inclinaron la cabeza, unieron las palmas de sus manos y dijeron, con el más profundo respeto:
—No supimos ver qué clase de persona era usted. Lo odiábamos porque nos habían dicho que calumniaba al buda Amida, que nosotros veneramos. Pero ahora que hemos visto con nuestros propios ojos todo lo ocurrido, entendemos qué hombre valioso es usted, y abandonaremos el Nembutsu que veníamos practicando desde hace tiempo.
Algunos de ellos buscaron en sus yesqueros los rosarios que usaban para orar y los arrojaron a lo lejos. Otros juraron que jamás volverían a entonar el Nembutsu. Cuando estos se marcharon, los vasallos de Rokuro Saemon se hicieron cargo de mi custodia. Y entonces también se despidieron Saemon-no-jo y sus hermanos.
—Pensábamos que usted sería ejecutado esta noche, pero esta carta trae excelentes noticias. El mensajero dijo que, como el señor feudal de Musashi había viajado hacia las aguas termales de Atami, esta mañana partió de inmediato a la hora de la liebre (entre las cinco y las siete) y cabalgó durante cuatro horas para llegar aquí, temiendo que a usted le hubiese sucedido algo malo. El mensajero acaba de irse para que esta misma noche el señor reciba la noticia en Atami.
La carta adjunta decía: «Esta persona, en realidad, no es culpable. Dentro de poco tiempo, será indultada. Si la ejecutan, lo lamentarán».
Y así llegó la noche del día decimotercero. Había grupos de guerreros apostados alrededor de mi morada y en el jardín principal. Como estábamos a mediados del noveno mes, había una enorme luna llena. Salí al jardín y allí, vuelto hacia el astro, recité la parte en verso del capítulo «Duración de la vida». Luego, hablé brevemente sobre los errores de las diversas escuelas, citando pasajes del Sutra del loto.
—Tú, deidad de la Luna —proclamé—, eres Luna Maravillosa, hija de una deidad, y has participado en la ceremonia del Sutra del loto. Cuando el Buda expuso el capítulo «La Torre de los Tesoros», recibiste su orden, y en el capítulo «La transferencia», cuando el Buda te palmeó la cabeza, juraste: «Respetuosamente llevaremos a cabo todas estas cosas, tal como nos lo ha encomendado el Honrado por el Mundo». Tú eres esa deidad. De no ser por mí, ¿habrías tenido oportunidad de cumplir la promesa que hiciste en presencia del Buda? Ahora que me ves en esta situación, deberías apresurarte de buena gana a aceptar los sufrimientos del devoto del Sutra del loto en su lugar, para cumplir el mandato del Buda y, a la vez, tu propio juramento. En verdad, es extraño que no hayas hecho nada todavía; si no se toma alguna medida para enderezar el rumbo de este país, yo jamás regresaré a Kamakura. Pero si no piensas hacer nada en mi defensa, ¿cómo puedes seguir resplandeciendo con ese rostro de satisfacción? En el Sutra de la gran compilación se lee: «El sol y la luna ya no proyectan su luz». El Sutra de los reyes benevolentes afirma: «El sol y la luna se apartan de sus órbitas regulares». En el Sutra de los reyes soberanos se expone: «Las treinta y tres deidades celestiales enfurecerán». ¿Qué dices de estos pasajes, deidad de la Luna? ¿Cuál es tu respuesta?
Y entonces, como contestándome, una inmensa estrella brillante como el lucero de la mañana cayó del firmamento y quedó suspendida en la rama de un ciruelo que había frente a mí. Los soldados, pasmados, saltaron de la galería exterior, cayeron de bruces sobre el jardín o corrieron a ocultarse tras la casa. De inmediato, el cielo se cubrió de nubes y comenzó a soplar un vendaval con tal violencia que toda la isla de Enoshima pareció rugir. El cielo se estremeció y bramó con un ensordecedor estruendo de tambores.
Por fin amaneció, y el decimocuarto día, a la hora de la liebre, llegó un hombre conocido como el sacerdote laico Juro. Este me informó:
Me retuvieron en Echi durante más de veinte días. En ese período, en Kamakura se produjeron siete u ocho incendios deliberados y una interminable sucesión de homicidios. Los difamadores echaron a correr la voz de que los incendiarios eran discípulos de Nichiren. Los funcionarios del gobierno otorgaron crédito al rumor y confeccionaron una lista con más de doscientos sesenta seguidores míos, que, a criterio de ellos, debían ser expulsados de Kamakura. Se corrió la voz de que todas estas personas serían exiliadas a islas remotas, y que aquellos que ya estaban presos serían decapitados. Sin embargo, resultó ser que los incendios habían sido perpetrados por creyentes que observaban los preceptos y por seguidores del Nembutsu con el propósito de incriminar a mis discípulos.
Pero además, sucedieron muchas otras cosas, demasiado numerosas para ser mencionadas aquí.
Partí de Echi el décimo día del décimo mes (1271) y llegué a la provincia de Sado el vigésimo octavo día de ese mismo mes. El primer día del undécimo mes, fui trasladado a una pequeña choza situada en un campo conocido como Tsukahara, detrás de la residencia que ocupaba Homma Rokuro Saemon en Sado. Era una única habitación sostenida por cuatro postes, en un terreno donde abandonaban cadáveres, semejante a Rendaino, en Kioto. No había en el lugar una sola estatua del Buda; las tablas del techo estaban demasiado separadas, y las paredes, cubiertas de agujeros. La nieve caía y se apilaba sin llegar nunca a derretirse. Allí pasaba los días, cubriéndome con un abrigo de paja o tendido sobre un pellejo. Por la noche, ululaba el viento y nevaba, y los relámpagos no cesaban de relumbrar. Incluso durante el día, apenas brillaba el sol. Era un sitio desolador en que vivir.
Me sentía como Li Ling,13 prisionero en una caverna rocosa en tierras de los bárbaros del norte, o como el maestro del Tripitaka Fa-tao, marcado en el rostro y desterrado al sur del Yangtze por el emperador Hui-tsung. Así y todo, el rey Suzudan recibió un severo aleccionamiento de parte del vidente Asita para poder obtener los beneficios del Sutra del loto. Y aun cuando el bodhisattva Jamás Despreciar fue apaleado por monjes arrogantes y por otras personas, pudo cosechar honores como devoto del vehículo único.14
En el quinto volumen de Gran concentración e introspección se indica: «A medida que avanza la práctica y mejora la comprensión, comienzan a surgir los tres obstáculos y los cuatro demonios de manera confusa, pugnando entre sí por interferir». También se declara: «Será apenas como un jabalí que se frota contra una montaña de oro, como los muchos ríos que desembocan en el mar, como los leños que hacen crepitar el fuego con más ardor, o como el viento que hincha el cuerpo del insecto kalakula». Estos pasajes significan que si uno comprende y practica el Sutra del loto tal como este enseña, de acuerdo con la capacidad del pueblo y en la época correcta, sin falta tendrá que enfrentar esos siete obstáculos y demonios. De todos ellos, el Rey Demonio del Sexto Cielo [que es el más poderoso] se apoderará de quien lo gobierna a uno, de sus padres, esposa o hijos, de sus seguidores laicos o de malas personas y, valiéndose de ellos, de manera amigable tratará de desviarlo de la práctica del Sutra del loto o de oponérsele en forma abierta. La práctica del budismo siempre se ve acompañada de persecuciones y dificultades, cuya severidad varía de acuerdo con el sutra que uno esté practicando. Practicar el Sutra del loto provocará persecuciones especialmente duras. Y practicarlo como se enseña, de acuerdo con el tiempo y con la capacidad de la gente, dará lugar a pruebas en verdad agónicas.
En el octavo volumen de Comentario sobre «Gran concentración e introspección» se señala: «Mientras una persona no trate de alejarse de los sufrimientos del nacimiento y la muerte, y no aspire al vehículo del Buda, el demonio cuidará de ella como si fuera su padre». Esta frase significa que aunque alguien cultive raíces de bien, mientras practique las enseñanzas de las escuelas Nembutsu, Palabra Verdadera, Zen o Preceptos, o cualquier otra que no sea el Sutra del loto, tendrá por padre al Rey Demonio. Este tomará posesión de otras personas y hará que estas lo respeten y le den limosnas, y la gente se engañará creyendo que es un sacerdote realmente iluminado. Si, por ejemplo, el soberano le concede honores, es seguro que recibirá ofrendas del pueblo. Por otro lado, el sacerdote que provoque la enemistad del gobernante y de otras personas [a causa del Sutra del loto] con certeza estará practicando la enseñanza correcta.
Devadatta fue el mejor de los buenos amigos de Shakyamuni El Que Así Llega. En esta época, como en aquella, no son nuestros aliados los que más nos ayudan a avanzar, sino nuestros enemigos poderosos. Los ejemplos están a la vista: en Kamakura, el clan Hojo no podría haberse establecido sólidamente en el gobierno del Japón de no haber sido por la oposición que le ofrecieron Yoshimori y el Emperador retirado de Oki.20 En tal sentido, estos hombres fueron los mejores benefactores que pudo haber tenido el clan gobernante. Los mejores aliados que yo, Nichiren, he tenido a la hora de manifestar la Budeidad fueron Kagenobu, los sacerdotes Ryokan, Doryu y Doamidabutsu, y Hei no Saemon y el señor de Sagami. Me siento agradecido cuando pienso que, sin ellos, no podría haber demostrado que soy el devoto del Sutra del loto.
Uno encuentra gente de espíritu vil dondequiera que vaya. Llegó a mis oídos el rumor de que, en la isla de Sado, había existido una reunión de creyentes que observaban los preceptos y de sacerdotes del Nembutsu —como Yuiamidabutsu, Shoyu-bo, Insho-bo, Jido-bo y varios cientos de sus seguidores— con el fin de decidir qué harían conmigo. Uno dijo:
—Nichiren, el notorio enemigo del buda Amida y perverso maestro de toda la población, ha sido exiliado a nuestra provincia. Como todos sabemos, los desterrados a esta isla muy pocas veces logran sobrevivir. E incluso los que resisten, jamás retornan a su hogar. Así que nadie irá a castigarnos por asesinar a un exiliado. Nichiren vive solo, en un lugar llamado Tsukahara. Aunque sea muy fuerte y poderoso, ¿qué podrá hacer, si no tiene a nadie cerca? ¡Vayamos juntos y matémoslo a flechazos!
—Supuestamente tendría que ser decapitado —dijo otro—, pero la ejecución se postergó un tiempo ya que la esposa del señor de Sagami está por dar a luz. Sin embargo, es una demora temporal; según he oído, tarde o temprano será ejecutado.
—Pidámosle al señor feudal Rokuro Saemon que lo decapite —terció alguien—. Si rehúsa, podemos planear algo nosotros...
Hubo muchas propuestas sobre lo que convenía hacer conmigo, pero optaron por la tercera [recién mencionada]. Entonces, varios cientos de personas se congregaron en las oficinas del condestable.21
Rokuro Saemon se dirigió a ellas con estas palabras:
—Una carta oficial enviada por el Regente ordena que el sacerdote no sea ejecutado. No se trata de un delincuente común y despreciable; si algo llegara a sucederle, yo, Shigetsura, seré culpable de una grave negligencia en el ejercicio de mi deber. En lugar de matarlo, ¿por qué no se enfrentan a él en un debate religioso?
A raíz de esta sugerencia, el decimosexto día del primer mes [de 1272] se dieron cita en Tsukahara sacerdotes del Nembutsu y de otras escuelas, acompañados de acólitos que traían bajo los brazos o colgando del cuello los tres sutras de la Tierra Pura, el tratado Gran concentración e introspección, los sutras de la escuela Palabra Verdadera y otros escritos. No sólo venían de Sado, sino también de las provincias de Echigo, Etchu, Dewa, Mutsu y Shinano. En el amplio terreno que circundaba la choza y en el lote aledaño se juntaron varios cientos de sacerdotes y laicos. También vinieron Rokuro Saemon, sus hermanos y todo su clan, y una nutrida multitud de sacerdotes laicos campesinos.22 Los sacerdotes del Nembutsu no cesaban de proferir insultos, los de la escuela Palabra Verdadera dejaban ver sus rostros demudados, y los de la escuela Tendai decían a voz en cuello que vencerían al oponente.
—¡Allí está el infame enemigo de nuestro buda Amida! —bramaban de odio los laicos.
El griterío y las imprecaciones atronadoras estremecían la tierra. Los dejé vociferar un rato y luego exclamé:
—¡Silencio, todos! Han venido aquí para celebrar un debate religioso. No es hora de insultos.
Los sacerdotes procedieron a citar las doctrinas de Gran concentración e introspección y las enseñanzas expuestas por las escuelas Palabra Verdadera y Nembutsu. Yo respondí a cada uno, definiendo el significado exacto de todo lo que allí se había dicho y replicando con más preguntas. Sin embargo, sólo necesité hacer una o dos para que callaran por completo. Eran menos instruidos, incluso, que los sacerdotes de las escuelas Palabra Verdadera, Zen, Nembutsu y Tendai en Kamakura, así que ya puede usted imaginar cómo trascurrió el debate. Los vencí con la misma facilidad con que una espada filosa corta un melón, o con que un vendaval inclina la hierba. Además de tener conocimientos insuficientes sobre el budismo, se contradecían entre sí; confundían los sutras con tratados y los tratados con comentarios. Desacredité al Nembutsu revelando de qué forma Shan-tao cayó del sauce, y refuté el cuento del gran maestro Kobo y su mazo diamantino de tres puntas, y su transformación en Mahavairochana El Que Así Llega.23 A medida que fui demostrando cada falsedad y aberración, algunos de los sacerdotes tornaron a maldecir, unos se quedaron mudos de estupor y otros, pálidos de asombro. Hubo seguidores del Nembutsu que admitieron los errores de su escuela; algunos arrojaron sus túnicas sacerdotales y sus rosarios en ese mismo instante, y juraron no volver a entonar el Nembutsu jamás.
Los miembros del grupo comenzaron a dispersarse, al igual que Rokuro Saemon y sus hombres. Cuando iban cruzando el jardín principal, llamé al señor feudal para hacer una predicción. Primero le pregunté cuándo pensaba partir hacia Kamakura, y respondió que lo haría hacia el séptimo mes, cuando sus campesinos terminasen la labranza. Entonces le dije:
—Para un guerrero, la labranza consiste en ayudar a su señor en épocas de peligro y en recibir tierras en reconocimiento a sus servicios. Pronto estallarán luchas armadas en Kamakura. Debe viajar a toda prisa y distinguirse en la batalla; si lo hace, será recompensado con feudos. Ya que sus guerreros son célebres en toda la provincia de Sagami, si por quedarse aquí cuidando los cultivos llega demasiado tarde a la batalla, su nombre caerá en la deshonra.
No sé qué habrá pensado de todo esto, pero Homma, atónito, me escuchó sin abrir la boca. Los sacerdotes del Nembutsu, los que observaban los preceptos y los creyentes laicos, incapaces de comprender mis palabras, reaccionaron con sorpresa.
Cuando todos se hubieron marchado, comencé a dar forma a una obra en dos volúmenes llamada La apertura de los ojos, en la cual venía trabajando desde el undécimo mes del año anterior. Quería dejar registrado el prodigio vivido por Nichiren, en caso de que me decapitaran. El mensaje esencial de este trabajo es que el destino del Japón depende solamente de Nichiren. Una casa sin pilares se derrumba; una persona sin alma perece. Nichiren es el alma del pueblo de este país. Hei no Saemon ya ha derribado el pilar del Japón, así que el país se hunde en la turbulencia, mientras los rumores infundados y las especulaciones se alzan como fantasmas para causar discordia en el clan gobernante. Pero, además, el Japón pronto será atacado por un país extranjero, tal como describí en la tesis Sobre el establecimiento de la enseñanza correcta para asegurar la paz en la tierra. Habiendo escrito estas ideas, confié el manuscrito al mensajero de Nakatsukasa Saburo Saemon-no-jo. Y aunque los discípulos que me rodeaban consideraron que la obra era demasiado provocativa, no consiguieron detenerme.
—Había puesto en duda la veracidad de lo que usted me dijo el decimosexto día del mes pasado. Pero en menos de treinta días, sus palabras se hicieron realidad. Ahora veo que los mongoles nos atacarán con certeza, y es también cierto que los creyentes del Nembutsu están condenados al infierno del sufrimiento incesante. Jamás volveré a entonar el Nembutsu.
—Pero por mucho que yo diga —respondí—, si el señor de Sagami no presta oídos a mis palabras, el pueblo del Japón tampoco las tendrá en cuenta, y en ese caso nuestro país sin falta caerá en la ruina. Puede que yo sea un hombre insignificante, pero como propago el Sutra del loto soy enviado del buda Shakyamuni. La Diosa del Sol y el gran bodhisattva Hachiman, ambos insignificantes, son tratados con gran respeto en este país; pero comparados con Brahma, Shakra, las deidades del Sol y de la Luna y los cuatro reyes celestiales, son deidades menores. Sin embargo, se dice que la falta de matar a alguien que sirve a estas dos deidades equivale a matar a siete personas y media. El sacerdote laico y Gran Ministro de Estado falleció por esta razón, y también el Emperador retirado de Oki pereció por dicha causa. De tal forma, perseguirme a mí es incomparablemente peor que molestar a los servidores de ambas deidades. Por ser yo enviado del buda Shakyamuni, señor de las enseñanzas, deberían inclinar la cabeza ante mí la Diosa del Sol y el gran bodhisattva Hachiman, unir las palmas de sus manos y postrarse de rodillas. El devoto del Sutra del loto es asistido por Brahma y Shakra a diestra y siniestra, y las deidades del Sol y de la Luna iluminan su marcha por delante y por detrás. Aun cuando mi consejo sea tenido en cuenta, si no se me concede el debido respeto como devoto del Sutra del loto, el país perecerá. ¡Es fatídico que las autoridades hayan puesto a cientos de personas contra mí y hasta me hayan exiliado dos veces! No hay duda de que este país está condenado...
Como había solicitado a las deidades que refrenaran su castigo a nuestra tierra, esta pudo sobrevivir hasta el día de hoy. Sin embargo, dado que los actos irrazonables continuaron, finalmente esta retribución se ha abatido sobre el país. Si en esta oportunidad mi consejo no es escuchado, las deidades harán que el Imperio mongol envíe sus fuerzas para destruir el Japón. Tal parecería ser la clase de desastre que Hei no Saemon se empeña en provocar. Cuando ello suceda, no creo que usted y sus seguidores puedan encontrar seguridad alguna, ni siquiera en esta isla.
Cuando terminé de hablar, Homma, muy ensimismado, emprendió su partida.
Los creyentes laicos, al enterarse de esto, se dijeron unos a otros:
—Tal vez este sacerdote posea algún tipo de poderes trascendentales. ¡Qué espanto! Será mejor que, a partir de ahora, dejemos de dar ofrendas o apoyo a los sacerdotes del Nembutsu y a los que observan los preceptos.
Estos últimos, seguidores de Ryokan, y los sacerdotes del Nembutsu manifestaron:
—[Ya que este sacerdote predijo el estallido de la rebelión en nuestro país,] tal vez sea uno de los conspiradores... Después de estos hechos, las cosas se calmaron un poco.
Y entonces, los sacerdotes del Nembutsu volvieron a congregarse para deliberar.
—Si las cosas siguen así —dijeron—, moriremos de hambre. ¡Por todos los medios, librémonos de este sacerdote! Ya más de la mitad de la población de esta provincia se ha puesto de su lado. ¿Qué haremos?
Yuiamidabutsu —autoridad de los sacerdotes del Nembutsu—, junto a Dokan —discípulo de Ryokan— y a Shoyu-bo, líderes de los que observan los preceptos, viajaron apresuradamente a Kamakura. Allí, informaron al señor de la provincia de Musashi:
—Si este sacerdote continúa en la isla de Sado, pronto no quedará en pie un solo recinto budista ni permanecerá allí un solo sacerdote. Toma las estatuas del buda Amida y las arroja al fuego o a las aguas. Día y noche, trepa a las altas montañas y vocifera al sol y a la luna, y maldice al Regente. El sonido de su voz se escucha en toda la provincia.
Cuando el ex gobernador de Musashi oyó esto, decidió que no había necesidad de informar al Regente. En cambio, dio órdenes privadas de encarcelar o expulsar de la provincia a cualquier seguidor de Nichiren. También envió cartas oficiales con instrucciones del mismo tenor. Y lo hizo en tres oportunidades. No intentaré describir lo que sucedió durante ese período: probablemente usted ya se lo imagine. Algunos fueron a parar a la cárcel sólo porque alguien dijo que habían pasado frente a mi choza; otros acabaron en el exilio porque se comentó que me habían hecho llegar ofrendas, o bien sus esposas e hijos fueron llevados en custodia. Entonces, el ex gobernador de Musashi comunicó al Regente lo que había hecho. Pero, en contra de sus expectativas, este firmó una carta de gracia el decimocuarto día del segundo mes, undécimo año de Bun’ei (1274), que llegó a Sado el octavo día del tercer mes.
Los sacerdotes del Nembutsu celebraron un nuevo concilio.
—Este hombre, archienemigo del buda Amida y detractor del reverendo Shan-tao y del honorable Honen, ha provocado la ira de las autoridades y por eso se encuentra desterrado en esta isla. ¡Cómo podemos tolerar que se lo indulte y se le permita regresar con vida!
Mientras pergeñaban diversos planes, por algún motivo, inesperadamente cambió el clima. Comenzaron a soplar vientos favorables, y fue así como pude abandonar la isla. Con viento a favor, se puede cruzar el estrecho en tres días; si el tiempo es malo, no es posible hacerlo siquiera en cincuenta o en cien. Yo lo hice en un abrir y cerrar de ojos.
Entonces, llegaron de todas partes sacerdotes del Nembutsu, practicantes que observan los preceptos y sacerdotes de la escuela Palabra Verdadera procedentes de la capital provincial de Echigo y del templo Zenko-ji de Shinano, con el propósito de reunirse a deliberar.
—¡Qué vergüenza, que los sacerdotes de Sado hayan permitido a Nichiren regresar con vida! Por todos los medios posibles, debemos impedir que este sacerdote prosiga su camino más allá del cuerpo viviente del buda Amida...24
Pero, pese a sus maquinaciones, viajé escoltado por un grupo de guerreros despachados por el gobierno provincial de Echigo. De esa forma, pude pasar indemne frente al Zenko-ji, y los sacerdotes del Nembutsu no pudieron hacer nada por detenerme. Abandoné la isla de Sado el día decimotercero del tercer mes, y llegué a Kamakura el vigésimo sexto día de ese mismo mes.
Entonces, Hei no Saemon, aparentemente por orden del Regente, preguntó cuándo invadirían el Japón las fuerzas mongolas.
—Es seguro que llegarán antes de que transcurra un año —repliqué—. Ya he manifestado mi opinión al respecto y no he sido escuchado. Si uno trata de curar una enfermedad sin conocer la causa que la provoca, sólo hará que el paciente se agrave. Del mismo modo, si dejan que los sacerdotes de la escuela Palabra Verdadera intenten vencer a los mongoles mediante sus rezos e imprecaciones, sólo provocarán la derrota militar del país. En ninguna circunstancia deben permitir que los sacerdotes de la escuela Palabra Verdadera o los de otras escuelas oren con esta finalidad. Si cada uno de ustedes comprende el budismo de manera cabal, entenderá este asunto a partir de mi explicación.
»A la vez, observo que los consejos de los otros son tenidos en cuenta, mientras que, por alguna extraña razón, mis advertencias son sistemáticamente ignoradas. No obstante, me gustaría hacer constar ciertos hechos para que, luego, usted pueda reflexionar sobre ellos. El Emperador retirado de Oki era soberano de la nación, y el administrador actuante [Hojo Yoshitoki] era su súbdito [y, sin embargo, este último atacó y venció al primero]. ¿Por qué la Diosa del Sol permitiría que un súbdito atacara a un soberano a quien debería respetar como un padre? ¿Por qué el gran bodhisattva Hachiman dejaría que un vasallo atacara impunemente a su amo? Y sin embargo, como todos sabemos, el soberano y los cortesanos que lo apoyaban fueron vencidos por Hojo Yoshitoki. Pero esta no fue una derrota accidental: se produjo porque aquellos habían depositado su fe en las enseñanzas erradas del gran maestro Kobo y en las ideas distorsionadas de los grandes maestros Jikaku y Chisho, y porque los sacerdotes del monte Hiei, del To-ji y del Onjo-ji, opositores al sogunato de Kamakura, oraron para que este fuera derrotado. Así pues, sus maldiciones «recayeron en aquellos que las habían generado»25 y, en consecuencia, el soberano y sus cortesanos se vieron obligados a sufrir la derrota. Los líderes militares de Kamakura desconocían esos rituales, así que no elevaron ninguna plegaria para aplastar al enemigo; por eso pudieron ganar. Pero si ahora recurren a este tipo de oraciones, sufrirán el mismo destino que la Corte.
»Los ezo son un pueblo meridional que no comprende los principios del nacimiento y la muerte. Ando Goro26 fue un hombre piadoso que conoció la ley de causa y efecto, y erigió muchos salones y pagodas budistas. ¿Cómo pudo suceder, entonces, que los ezo lo decapitaran? En vista de estos acontecimientos, no tengo dudas de que, si a estos sacerdotes se les permite seguir orando por la victoria, Su Señoría tendrá que padecer algún infortunio. Y cuando eso ocurra, por ningún motivo diga que no le advertí.
Así de estrictas fueron las palabras con que me dirigí a él.
Cuando esto se supo en Kamakura, tanto plebeyos como eminencias tornaron a aplaudir, a hacer muecas y a reír con desprecio.
—Ese Nichiren predicó un budismo falso y estuvo a punto de morir decapitado —argumentaron—. Al final obtuvo el indulto, pero en lugar de aprender la lección sigue calumniando al Nembutsu y al Zen, y hasta se atreve a difamar las enseñanzas esotéricas de la escuela Palabra Verdadera. ¡Qué afortunados somos de contar con esta lluvia para demostrar el poder de las oraciones de Palabra Verdadera!
Enfrentados a tales críticas, mis discípulos se desanimaron bastante y se quejaron de que yo había sido demasiado provocativo en mis ataques contra la escuela Palabra Verdadera. Pero yo les dije:
—Esperen un tiempo. Si las malas enseñanzas del gran maestro Kobo fuesen correctas y si, en verdad, de ellas derivaran oraciones útiles para el bienestar de la nación, entonces el Emperador retirado de Oki sin falta habría resultado vencedor en su guerra contra el sogunato de Kamakura. Y Setaka,29 paje favorito del prelado de Omuro, no habría muerto decapitado. En su Tratado sobre los diez niveles de la mente, Kobo afirma que el Sutra del loto es inferior al Sutra de la guirnalda de flores. En su obra La preciada llave del tesoro secreto, sostiene que el buda Shakyamuni del capítulo «Duración de la vida» del Sutra del loto es una persona común, y en su Comparación entre el budismo exotérico y el esotérico, llama ladrón al gran maestro T’ien-t’ai. Por otro lado, en sus Reglas rituales para venerar las reliquias del Buda, Shogaku-bo30 señala que el Buda que predicó el vehículo único del Sutra del loto ni siquiera merece sujetar las sandalias de un maestro de la Palabra Verdadera. Sello del Dharma del Centro Amida, es seguidor de los hombres que expusieron estas doctrinas perversas. Si un hombre como este pudiera demostrar que es superior a mí, los reyes dragones que envían la lluvia serían enemigos del Sutra del loto, y sin falta recibirían el castigo de las deidades Brahma y Shakra, y de los cuatro reyes celestiales. ¡En este asunto, no todo es lo que parece!
—¿A qué se refiere con que «no todo es lo que parece»?—preguntaron mis discípulos con sonrisa desdeñosa.
—Shan-wu-wei y Pu-k’ung hicieron llover en respuesta a sus oraciones —respondí—. Pero, según consta en las crónicas, también provocaron fuertes vendavales. Cuando Kobo oró para que lloviese, las precipitaciones cayeron sólo al cabo de veintiún días. Pero en tales circunstancias, es lo mismo que si no hubiese hecho llover, ya que en un lapso de veintiún días lo lógico y natural es que en algún momento llueva. Que esto haya sucedido mientras él oraba no es nada notable. Lo realmente meritorio es que alguien haga llover mediante una sola ceremonia, como hicieron T’ien-t’ai y Senkan.31 Por eso, digo que en esta lluvia tiene que haber algo extraño.
Durante todo ese tiempo, había mantenido la determinación de marcharme del lugar si al cabo de tres intentos el gobierno nacional no prestaba oídos a mis advertencias. Con esta idea en mente, partí de Kamakura en el duodécimo día del quinto mes y llegué aquí, al monte Minobu.
El décimo mes de ese mismo año (1274), los mongoles lanzaron su ataque. Además de asolar y capturar las islas de Iki y de Tsushima,32 también derrotaron a las fuerzas del destacamento gubernamental del Dazaifu en Kyushu. Cuando se enteraron de esto, los líderes militares, el sacerdote laico Shoni y Otomo33 optaron por huir; entonces, los guerreros restantes fueron fácilmente aplastados. [Aunque las fuerzas mongolas se retiraron,] quedó claro para todos cuán débiles serían las defensas del Japón si se produjese otro ataque en el futuro.
El Sutra de los reyes benevolentes dice: «Cuando los venerables se marchan, los siete desastres se abaten sin falta». En el Sutra de los reyes soberanos se afirma: «Como las malas personas son respetadas y favorecidas, y a las personas de bien se las somete a castigo, las estrellas y constelaciones, así como los vientos y las lluvias, dejan de acaecer en las estaciones apropiadas».
Si estas declaraciones del Buda son ciertas, hay malas personas en nuestra nación, y el gobernante las respeta y favorece, mientras que a las buenas, las hace blanco de su enemistad.
Muchos se preguntan por qué alguien tendría que escuchar a una persona como yo, que hablo mal de Kobo, de Jikaku y de otros sacerdotes como ellos. No opino acerca de otras regiones, pero sé que en todo el territorio de la provincia de Awa el pueblo tiene buenas razones para creer en lo que digo, ya que ha visto la prueba con sus propios ojos. Endon-bo, de Inomori; Saigyo-bo y Dogi-bo, del templo Kiyosumi, y Jitchi-bo, de Kataumi, fueron sacerdotes eminentes; pero habría que preguntarse en qué circunstancias murieron. Sin embargo, no diré más acerca de ellos. Enchi-bo pasó tres años en el gran salón del Seicho-ji copiando laboriosamente el texto del Sutra del loto e inclinándose tres veces ante cada ideograma. Aprendió de memoria sus diez volúmenes, y, durante cincuenta años, recitó dos veces el sutra entero, cada día y cada noche. Todos afirmaban que sin falta llegaría a ser un buda. Pero yo fui el único en decir que él y Dogi-bo caerían en las honduras del infierno del sufrimiento incesante, con más certeza aún que los sacerdotes del Nembutsu. Harían bien en averiguar con detenimiento de qué manera murieron estas personas. Si no fuera por mí, la gente creería que esos sacerdotes lograron la iluminación.
A partir de esto, deberían comprender que la forma en que murieron Kobo, Jikaku y los demás fue congruente con el destino de sufrimiento que les aguardaba. Pero sus discípulos se pusieron de acuerdo para ocultar este asunto, de tal forma que ni siquiera los miembros de la Corte Imperial llegaron a saberlo. Por dicha razón, en épocas recientes estos sacerdotes fueron tratados cada vez con mayor deferencia. Y si no hubiese existido alguien como yo, que revelara la verdad, esa veneración habría continuado eternamente a lo largo de los tiempos futuros. El maestro no budista Uluka [se convirtió en piedra al morir], pero ochocientos años después [sus errores salieron a la luz; entonces,] la piedra se desintegró y se convirtió en agua. Y, en el caso de Kapila, otro maestro no budista, tuvieron que pasar mil años antes de que sus faltas quedaran expuestas.36
La culpa debe atribuirse, íntegramente, a que en este país abundan discípulos cuyos maestros despreciaron el Sutra del loto: sacerdotes de la escuela Palabra Verdadera que siguen las doctrinas transmitidas por Kobo, Jikaku y Chisho; sacerdotes del Nembutsu que son los actuales discípulos de Shan-tao y de Honen; y seguidores de Bodhidharma y demás patriarcas de la escuela Zen. Por eso, ahora Brahma, Shakra, los cuatro reyes celestiales y las demás deidades han enviado esta retribución, fieles al juramento formulado cuando se predicó el Sutra del loto de que le partirían la cabeza en siete pedazos [a todo aquel que molestase a un devoto del sutra].37
Algunos, perplejos acerca de este punto, quizá argumenten que hay muchas personas que han calumniado al sacerdote Nichiren y, sin embargo, a ninguna se le ha roto la cabeza, aun cuando, supuestamente, se les tendría que partir en siete pedazos a todos los que hicieran daño a un devoto del Sutra del loto. «¿Debemos concluir que el sacerdote Nichiren no es un verdadero devoto del Sutra del loto?», tal vez se pregunten...
Yo respondo planteando que si Nichiren no es un devoto del Sutra del loto, ¿quién podrá serlo entonces? ¿Acaso Honen, que en sus escritos ordenaba a la gente tirar el Sutra del loto? ¿O el gran maestro Kobo, que dijo que el buda Shakyamuni todavía se encontraba en la región de la oscuridad? ¿O Shan-wu-wei y Jikaku, que enseñaron que el Sutra del loto y el Sutra Mahavairochana eran iguales en cuanto a sus principios, pero el último era superior en la práctica?
Y con respecto al tema de que la cabeza se parte en siete pedazos, no hace falta imaginar el tipo de tajo que produce una espada afilada. Por el contrario, el Sutra del loto dice que dicho tajo se asemeja a la de «las ramas del árbol de arjaka».38 En la cabeza del ser humano hay siete gotas de líquido, y afuera de ella hay siete demonios. Si estos beben una sola gota, la persona siente dolor de cabeza. Si beben tres gotas, su vida peligra. Y si beben las siete, se produce la muerte. Todos los habitantes del mundo actual tienen la cabeza partida como las ramas del árbol de arjaka, pero su karma negativo es tan acentuado que ni siquiera se dan cuenta de este hecho. Son como aquel que, estando ebrio o dormido, ha sufrido una herida pero aún no tiene conciencia de lo que le ha sucedido.
Más que hablar de una cabeza que se parte en siete pedazos, a veces decimos que es la mente la que se divide en siete. En el momento de la muerte, el cráneo se fisura bajo el cuero cabelludo, o incluso se separa en partes. En nuestra época, a muchas personas se les partió la cabeza durante el gran terremoto de la era Shoka (1257) o cuando apareció el gran cometa de la era Bun’ei (1264). Al partírseles la cabeza, sufrieron una gravísima tos, y cuando sus cinco órganos internos sólidos39 dejaron de funcionar correctamente, enfermaron de disentería. ¿Cómo no vieron que era una retribución por haber actuado contra el devoto del Sutra del loto?
A mi alrededor hay cuatro elevaciones: el monte Shichimen, al oeste; el Tenshi, al este; el Minobu, al norte, y el Takatori, al sur. Cada uno de ellos es tan alto que parece tocar el cielo, y tan escarpado que hasta a las aves les cuesta sobrevolarlo. Dichas montañas son irrigadas por cuatro ríos: el Fuji, el Haya, el Oshira y el Minobu. En el medio hay una hondonada de cien metros de ancho, donde levanté mi choza; de día, no puedo ver el sol; de noche, no veo la luna. En invierno se acumula mucha nieve, y en verano crecen los pastizales. Son tan pocos los que vienen a verme, que la senda es casi inexistente. Este año en especial nevó tanto que no he tenido un solo visitante. Como sé que mi vida puede terminar en cualquier momento, toda mi confianza está puesta en el Sutra del loto. En tales circunstancias, su carta fue particularmente bienvenida. Me pareció casi como un mensaje del buda Shakyamuni o de mis padres fallecidos; no encuentro palabras para decirle lo agradecido que me sentí.
Nam-myoho-renge-kyo, Nam-myoho-renge-kyo.
Notas
1. La expresión «bárbaros del oeste» era una fórmula creada por los chinos para describir a las tribus occidentales, y el Daishonin aquí la aplica a los mongoles.
2. Po Chü-i (772-846) fue un funcionario y poeta chino célebre por su Hsin Yüeh-fu, «Los nuevos yüeh-fu», antología de poemas escritos en forma de balada o yüeh-fu, donde critica los males sociales y políticos de su época.
3. Fu-ch’a (m. 473 a. C.) fue el vigésimo quinto gobernante del estado de Wu. Su padre fue asesinado por Kou-chien, rey del estado de Yüeh, y Fu-ch’a se vengó dos años después venciéndolo en combate. Kou-chien propuso un arreglo pacífico a Fu-ch’a, aunque su verdadera intención era atacar nuevamente el estado de Wu. Wu Tzu-hsü, leal ministro de Fu-ch’a, descubrió el complot y urgió al monarca a matar a Kou-chien, pero aquel desoyó su consejo. En cambio, obligó a Wu Tzu-hsü a suicidarse en 485 a. C.
4. Palabras y frases del «Sutra del loto».
5. Comentarios sobre el «Sutra del nirvana».
6. No se trata de una cita real: es lo que Nichiren Daishonin cree que fue la convicción de Shakyamuni, basado en varios pasajes del Sutra del loto y de otras enseñanzas.
7. Ryoko y Ryoken conspiraron contra el gobierno de Kamakura; su plan fue descubierto y, por tal razón, ambos murieron ejecutados: el primero, en 1251, y el segundo, en 1261.
8. El quinto volumen abarca los capítulos que van desde el duodécimo hasta el decimoquinto. El capítulo trece, «Aliento a la devoción», dice que el devoto del Sutra del loto será atacado con palos y espadas. Los «otros nueve rollos del sutra», que se mencionan en la frase subsiguiente, indican los que integran los otros siete volúmenes del Sutra del loto, más el Sutra de los infinitos significados de un volumen, y el Sutra Sabio Universal, también de un volumen. Ambos sutras suelen considerarse el prólogo y el epílogo del Sutra del loto.
9. Izumi Shikibu (n. c. 976) fue una poetisa del período Heian, célebre por sus apasionados romances. Noin (n. 988), mencionado en la frase siguiente, fue un sacerdote y poeta que vivió en Kioto. Tanto en las obras de Izumi Shikibu como en las de Noin hay poemas de oración por la lluvia.
10. La frase «señor feudal de la provincia de Musashi» se refiere a Hojo Nobutoki, gobernador de la provincia citada (1267-1273) y, en ese momento, también condestable de la provincia de Sado. En la carta, también se lo nombra como «el ex gobernador de Musashi».
11. Calle principal de Kamakura que corría de norte a sur. Sobre esta vía se encontraba el Santuario de Tsurugaoka dedicado a Hachiman, donde Nichiren Daishonin amonestó al gran bodhisattva homónimo.
12. Wake no Kiyomaro (733-799) fue un alto funcionario de la Corte que desbarató el intento del sacerdote Dokyo de usurpar el trono y, a raíz de ello, sufrió persecuciones.
13. Li Ling (m. 74 a. C.) fue un comandante militar que condujo las fuerzas chinas en un ataque a las tribus nómadas de los hsiung-nu, que vivían al norte de la China y que lo tomaron prisionero.
14. La expresión «vehículo único», aquí, se refiere a la enseñanza del Sutra del loto.
15. Sutra del loto, cap. 14.
16. Ib., cap. 13.
17. Ib., cap. 10.
18. Ib.19. Aquí, «verdadero aspecto» se refiere al principio de que los devotos del Sutra del loto enfrentan persecuciones, y «todos los fenómenos», al hecho de que las persecuciones recayeron tanto sobre Shakyamuni como sobre Nichiren Daishonin. En la frase «coherencia del principio al fin», «principio» alude a la época de Shakyamuni, y «fin», a la de Nichiren Daishonin.
20. Referencias a Wada Yoshimori (1147-1213) y al emperador retirado Gotoba (1180-1239). Yoshimori fue jefe de la policía militar a las órdenes de Minamoto no Yoritomo, fundador del régimen de Kamakura. Pero, en 1213, se enfrentó al clan Hojo, aunque su intento lo llevó a la derrota y la ejecución. Gotoba intentó derrocar al régimen de Kamakura en 1221, pero fue vencido y exiliado a Oki (durante los disturbios de Jokyu). Por eso, se lo llamaba «Emperador retirado de Oki». Este tipo de escaramuzas consolidó el poder de los regentes del clan Hojo.
21. El condestable de la provincia de Sado era Hojo Nobutoki, señor de la provincia de Musashi, que vivía en Kamakura. Homma Rokuro Saemon, administrador de Niiho, en Sado, cumplía esta función como condestable interino de la provincia.
22. Los «sacerdotes laicos campesinos» eran personas que continuaban labrando la tierra y viviendo en sus hogares particulares en lugar de residir en los templos, aun cuando abrazaban los votos sacerdotales.
23. Se dice que Shan-tao (613-681), líder chino de la escuela Tierra Pura, ansiaba tan intensamente renacer en la Tierra Pura que intentó suicidarse colgándose de un sauce. Pero, en lugar de morir, cayó y recibió una herida gravísima. Según la leyenda, cuando Kobo se disponía a partir de la China, de regreso al Japón, arrojó a los aires su mazo diamantino de tres puntas; luego, este fue hallado sobre la cumbre del monte Koya. En otra ocasión, cuando debatía con eminentes autoridades budistas en la Corte, se dice que se convirtió en el buda Mahavairochana, venerado por la escuela Palabra Verdadera.
24. La expresión «cuerpo viviente del buda Amida» se refiere a la estatua del buda Amida entronizada en el templo Zenko-ji, en la provincia de Shinano (hoy prefectura de Nagano).
25. Sutra del loto, cap. 25. En el sutra, la frase se lee en tiempo futuro. Aquí se ha modificado el tiempo verbal para adecuarlo al contexto de la carta.
26. Ando Goro (s. f.) fue un magistrado que ejerció jurisdicción sobre la zona septentrional del Japón en tiempos del regente Hojo Yoshitoki (1163-1224).
27. «Sello del Dharma del Centro Amida» se refiere al sacerdote Kaga Josei de la escuela Palabra Verdadera, superintendente del Centro Amida en Kamakura.
28. La expresión «prelado de Omuro» se refiere al príncipe Dojo (s. f.), un hijo del emperador Gotoba que ingresó en el sacerdocio. En general, la expresión se aplica a los emperadores retirados o príncipes que adoptaban la vida religiosa y vivían en el templo Ninna-ji, situado en Kioto y perteneciente a la escuela Palabra Verdadera. «Omuro» es otra de las denominaciones con que se conocía al templo Ninna-ji.
29. Setaka (m. 1221) fue el sexto hijo de Sasaki Hirotsuna, un guerrero que protegió al emperador Gotoba. Favorito del príncipe sacerdote Dojo, del templo Ninna-ji, murió decapitado en 1221 durante los disturbios de Jokyu.
30. Shogaku-bo (1095-1143), también conocido como Kakuban, fue precursor de la corriente Nueva Doctrina, perteneciente a la escuela Palabra Verdadera.
31. Senkan (918-983) fue sacerdote de la escuela Tendai. En ocasión de una sequía producida en el verano de 962, el Emperador le ordenó que orara para producir lluvias. Se dice que, inmediatamente después de la llegada del emisario imperial, comenzaron las precipitaciones.
32. Iki y Tsushima son islas situadas frente a la costa de Kyushu, al sur del Japón. El destacamento del Dazaifu era una repartición gubernamental administrativa que tenía jurisdicción sobre Kyushu, Iki y Tsushima, y cumplía funciones diplomáticas, además de servir como punto de reclutamiento, en caso de invasión extranjera. Durante el ataque mongol, en 1274, fue un bastión defensivo contra el invasor.
33. «Shoni» es Shoni Sukeyoshi (1198-1281), condestable de Chikuzen. «Otomo» es Otomo Yoriyasu (1222-1300), condestable de Bungo.
34. Sutra del loto, cap. 13.
35. Las cuatro faltas graves eran preceptos observados por los monjes, referidos a matar, robar, tener una conducta sexual impropia y mentir.
36. Kapila fue el fundador de la escuela Samkhya, una de las seis escuelas principales del brahmanismo en la India. De acuerdo con el Comentario sobre «Gran concentración e introspección», se convirtió en piedra por temor a morir. Pero cuando el bodhisattva Dignaga escribió una estrofa de admiración en la roca, esta se partió en fragmentos, lo cual reveló la falsedad de las enseñanzas de Kapila durante los mil años posteriores a su muerte.37. Sutra del loto, cap. 26. Dice: «A aquellos que no respondan a nuestros conjuros, y molesten y perturben a los que predican la Ley, la cabeza se les partirá en siete pedazos, como las ramas del árbol de arjaka».
38. Ib. El árbol de arjaka crece en la India y en otros lugares tropicales. Se dice que cuando una rama de este árbol cae al suelo, se parte en siete pedazos.
39. Pulmones, corazón, bazo, hígado y riñones.
Antecedentes
Esta obra es un registro autobiográfico que narra los acontecimientos de un importante período en la vida de Nichiren Daishonin: comienza poco antes de la persecución de Tatsunokuchi, abarca los dos años y medio de su exilio en la isla de Sado, y prosigue hasta su posterior retiro al monte Minobu. En el curso de su lucha, a lo largo de esos nueve años, el Daishonin cumplió las predicciones del Sutra del loto referidas a quien sería su devoto, y asumió su propia identidad como Buda del Último Día de la Ley, tanto en el plano de su conducta como de sus palabras.
Esta carta fue escrita en el segundo año de Kenji (1276) y dirigida a la monja laica Konichi, una viuda que vivía en Awa, la provincia natal del Daishonin. Su hijo se había convertido, tiempo antes, a las enseñanzas del Daishonin y fue él quien la introdujo en la práctica de este budismo. Poco tiempo después de que la señora abrazara la fe, este hijo murió, pero ella pudo superar su profundo dolor y siguió siendo una creyente sincera durante el resto de su vida.
La crónica de los acontecimientos comienza en 1268, cuando el Imperio mongol envió un delegado al Japón exigiendo el vasallaje del país y su juramento de fidelidad. Comenzaban así a cumplirse las predicciones de invasión extranjera que el Daishonin había anunciado en su tesis Sobre el establecimiento de la enseñanza correcta para asegurar la paz en la tierra. Una vez más, el Daishonin confrontó a las autoridades y líderes religiosos de Kamakura llamándolos a la reflexión, pero estos ignoraron sus advertencias reiteradas y, en cambio, descargaron nuevos ataques contra él y sus seguidores. Ante estos hechos, el Daishonin urgió a sus discípulos a no dejarse intimidar nunca por la persecución y a mantener durante toda su vida la propagación de la Ley Mística.
En el párrafo siguiente de este escrito, habla de su vida en Sado. Manifiesta la alegría de saber que él era el único que estaba cumpliendo la profecía del Sutra del loto referida al devoto que sería exiliado más de una vez.
Al retornar a Kamakura en 1274, por tercera vez confrontó al régimen. Cuando las autoridades volvieron a rechazar sus consejos, decidió marcharse a vivir a la espesura del monte Minobu, desde donde escribió esta carta. Cinco meses después, los mongoles atacaron el Japón. La causa de este ataque, según manifiesta el Daishonin, son los actos contra el Sutra del loto que estaba cometiendo la nación. En la última parte, expresa su agradecimiento a la monja laica Konichi por haberle enviado una carta a su solitario retiro en el monte Minobu.
