Las túnicas sirven para protegernos del frío y del calor, para cubrir la desnudez y adornar el cuerpo. El capítulo «Rey de la Medicina», en el séptimo volumen del Sutra del loto, dice: «[...] como un manto para el que va desnudo». Ello significa que quien [posea el Sutra del loto] sentirá el mismo deleite que alguien desnudo cuando recibe un manto. Uno de los sucesores del Buda fue un hombre llamado Shanavasa, que nació vestido.2 Esto sucedió, porque, en una existencia anterior, él había donado una túnica en nombre del budismo. Y por eso dice el Sutra del loto: «La amabilidad y la tolerancia son la túnica».3
En los montes K’un-lun no hay piedras, y en la región del monte Minobu no hay sal. En un lugar donde no hay piedras, estas valen más que las gemas; y en un sitio donde la sal no existe, esta es más preciada que el arroz. Para el gobernante de una nación, sus gemas son los ministros de la Izquierda y de la Derecha,4 a quienes se conoce como «la sal y el vinagre»5 de su gobierno. Sin miso o sal, es difícil tener un buen pasar día a día, así como la nación, sin ministros de la Izquierda y de la Derecha, no puede estar bien gobernada.
En cuanto al aceite, el Sutra del nirvana afirma: «En el viento no hay aceite, y en el aceite no hay viento».6 El aceite es el mejor remedio para curar las enfermedades causadas por el viento.
No sé cómo agradecerle la sinceridad que ha puesto de manifiesto al enviarme esos artículos. En última instancia, ella indica la profunda fe en el Sutra del loto que tuvo el difunto Nanjo.7 Este mismo sentido se expresa en los aforismos que aseguran que un ministro exhibe la sinceridad de su soberano o que un hijo refleja la sinceridad de su padre. Probablemente, el difunto Nanjo se sienta muy complacido.
En Tsukushi, hubo un daimyo llamado Ohashi no Taro.8 Provocó la ira del sogún y fue encerrado en una celda excavada en las colinas de la playa de Yui, en Kamakura, donde permaneció cautivo durante doce años.
Cuando se disponía a abandonar sus dominios en Tsukushi, expuesto a la gran humillación de ser arrestado, dijo a su esposa:
Y así diciendo se marchó.
Pasaron los días y los meses, y a la hora debida la esposa dio a luz un niño sin contratiempos. Cuando este cumplió siete años, la madre lo envió como pupilo a un templo en las montañas, donde los niños lo hacían blanco de pullas, porque no tenía padre. El pequeño regresó al hogar y pidió que le hablaran de su progenitor; mas la madre, incapaz de decir palabra, sólo atinó a sollozar.
El niño la instó:
—Sin cielo, la lluvia no puede caer, y, sin tierra, las plantas no crecen. Aunque tenga madre, sin padre, no podré ser un adulto cabal. ¿Por qué me ocultas el paradero de mi progenitor?
Confrontada de ese modo, la mujer replicó:
—Nunca te hablé del tema, porque eras demasiado pequeño. Pero esto fue lo que sucedió.
Llorando con desconsuelo al enterarse, el niño exclamó:
—¿No dejó mi padre ningún recuerdo antes de partir?
—Quedó esto —dijo la madre mostrando un registro de los ancestros de la familia Ohashi y una carta que el padre había escrito de su puño y letra para el hijo aún en el vientre materno. Al ver todo eso, el niño añoró más que nunca a su padre y, sin cesar de llorar, dijo:
—¿Y ahora qué haré?
—Cuando tu padre partió —respondió la madre— lo hizo acompañado de muchos criados; pero, como había incurrido en la ira del señor feudal, todos lo abandonaron y se marcharon. Así que no hay quien me traiga noticias o me permita saber si está vivo o muerto.
Al oír esas palabras, el niño se arrojó de bruces entregado a un llanto incontrolable, que ni siquiera los regaños de la madre pudieron acallar.
—Te envié al templo de las montañas —dijo esta— para que saldaras la deuda de gratitud que tienes con tu padre. ¡Debes colocar flores ante el Buda, leer un rollo del sutra y cumplir así con tus deberes!
El niño se apresuró a regresar al templo y abandonó todo deseo de volver al hogar. Día y noche se entregó a la lectura del Sutra del loto, hasta que, con el tiempo, pudo no sólo leerlo con facilidad, sino además memorizarlo.
Cuando cumplió doce años, decidió no ingresar en el sacerdocio; en cambio, se recogió el cabello, logró escapar de Tsukushi y viajó a la ciudad de Kamakura. Una vez allí, presentó sus respetos ante el Santuario a Hachiman.9 Se inclinó en profunda reverencia y dijo:
—El gran bodhisattva Hachiman fue el decimosexto soberano del Japón, y su verdadera identidad fue la del buda Shakyamuni, señor de las enseñanzas, quien predicó el Sutra del loto en la tierra pura del Pico del Águila.10 Se manifestó con la forma de la deidad Hachiman para conceder a las personas sus deseos, y por eso oro para que ahora me conceda lo que anhelo: saber si mi padre está vivo o muerto.
A la hora del perro (entre las siete y las nueve de la noche), comenzó a recitar el Sutra del loto, y siguió haciéndolo hasta la hora del tigre (entre las tres y las cinco de la madrugada). Su bella voz infantil resonó en el salón sagrado del santuario y cautivó el corazón de todos los que la escuchaban; fue así como el resto de los devotos se olvidó de marcharse y se formó una multitud como la que se reúne en los mercados. Cuando vieron al que recitaba, descubrieron que no era un sacerdote ni una mujer, sino un niño.
Al día siguiente, hizo que el niño volviera a recitar el sutra para él. Justo entonces, se formó un alboroto a las puertas occidentales del palacio. Cuando preguntaron a qué se debía el disturbio, una ruda voz gritó:
—¡Hoy decapitarán al prisionero!
Al oír eso, el niño pensó: «¡Pobre de mí! ¡No creo que mi padre siga con vida, pero oigo que le cortarán la cabeza a esta persona y sufro como si se tratara de una aflicción personal!». Y se echó a llorar.
Al observar el Sogún ese extraño comportamiento, dijo:
—Vamos, niño, dime la verdad; ¿quién eres?
Entonces el chiquillo reveló todos los acontecimientos del pasado, tal como estos habían ocurrido. Y los nobles de alta alcurnia y de jerarquía inferior allí presentes, así como las damas ocultas tras las cortinas de bambú, humedecieron de lágrimas las mangas de sus ropajes.
El Sogún, entonces, hizo comparecer a Kajiwara12 y dijo:
—¡Que traigan al prisionero Ohashi no Taro!
Pero Kajiwara replicó:
—Acaban de llevarlo a la playa de Yui para decapitarlo. Probablemente lo estén ejecutando ahora mismo.
El niño, sin que la presencia del Sogún lo detuviera, rompió en angustioso llanto.
—¡Kajiwara! —exclamó el Sogún—. ¡Ve tú mismo lo más rápido que puedas; y, si la ejecución no se ha consumado aún, trae contigo al prisionero!
Kajiwara se lanzó a toda velocidad hacia la playa de Yui, e incluso antes de llegar tornó a gritar con desesperación, ordenando que detuvieran la ejecución justo cuando el verdugo desenvainaba su espada para asestar el golpe.
Regresó llevando consigo a Ohashi no Taro, aún maniatado, y lo sentó en el patio del palacio. El Sogún ordenó que entregaran el prisionero al niño, quien se precipitó a desatar las cuerdas. Ohashi no Taro, sin saber que el chiquillo era su hijo, no alcanzaba a comprender por qué se había salvado.
El Sogún hizo comparecer al pequeño otra vez y le entregó numerosos obsequios. Y no sólo puso a Ohashi no Taro en custodia del niño, sino que restituyó a la familia todas sus propiedades.
—Desde hace mucho tiempo —dijo el Sogún— vengo escuchando informes sobre el poder del Sutra del loto, que en dos ocasiones he tenido oportunidad de comprobar en forma personal. La primera vez, cuando mi padre fue decapitado por el gran ministro de Estado y sacerdote laico.13 Es imposible describir el dolor que me embargó. No sabía a qué buda o deidad apelar; pero la monja Myoho14 del monte Izu me enseñó a leer el Sutra del loto. Y cuando acabé de leerlo mil veces, el sacerdote Mongaku15 de Takao me trajo la cabeza de mi difunto padre y me la mostró. A partir de entonces, pude no sólo vengarme de los enemigos de mi padre, sino llegar a ser el comandante militar de todos los guerreros del Japón. Y todo ello, sólo gracias al poder del Sutra del loto.
Así habló, con lágrimas en los ojos.
Ahora bien, cuando considero las sinceras ofrendas que usted me ha enviado, creo que, aunque el difunto Nanjo innegablemente lo amó mucho como hijo, tal vez nunca imaginó que usted, a través del Sutra del loto, saldaría así su deuda de gratitud con él. Dondequiera que él se encuentre en este momento, y aunque tal vez haya cometido alguna transgresión, la devoción filial que usted ha manifestado con seguridad será reconocida incluso por el rey Yama y los reyes celestiales Brahma y Shakra. ¿Cómo podrían, entonces, abandonar a su padre el buda Shakyamuni y el Sutra del loto? Su devoción no es menor que la de ese chiquillo que desató las cuerdas de su padre. Se lo escribo con los ojos anegados en llanto.
En cuanto al ataque inminente de los mongoles, no he recibido información alguna. Cuando surge el tema, la gente dice que el sacerdote Nichiren se regocija cada vez que oye hablar de una invasión mongola a nuestro país, pero es algo totalmente infundado. Tan sólo porque sugerí que tal cosa podía acontecer, he sido tratado en todos lados como un adversario o enemigo. Así y todo, como es algo que está expuesto en los sutras, los mongoles atacarán sin la menor duda. Por mucho que yo diga, no está en mi poder impedirlo.
Lejos de haber cometido falta alguna, mi único deseo ha sido salvar a mi país. No obstante, mis consejos fueron ignorados y, además, fui golpeado en la cara con el quinto rollo del Sutra del loto.16 Brahma y Shakra observaron lo sucedido y, en Kamakura, también el gran bodhisattva Hachiman fue testigo de estas cosas. Pero en esta época en que vivimos, nadie presta oído a los consejos, de modo que he optado por retirarme a vivir en las montañas.
Dadas las circunstancias, me compadezco de usted y de los otros con verdadera sinceridad, pero no puedo serles de mucha ayuda. Sin embargo, rezo día y noche al Sutra del loto. No escatime esfuerzos y ore con fe firme. No es que mi decisión [de salvarlo] sea débil, sino que esto depende de la fe de cada uno.
Y, sin embargo, mucho me temo que, al final, todas las personas de alto rango en el Japón serán tomadas prisioneras. ¡Qué lamentable! ¡Qué terrible!
Con mi profundo respeto, Nichiren
En el vigésimo cuarto día del tercer mes intercalar.
Respuesta a Nanjo
Notas
1. Se trata de un atuendo de verano sin forrar, confeccionado con tela de cáñamo o seda rugosa.
2. Shanavasa, hombre rico de Rajagriha, Magadha, fue el cuarto de los veinticuatro sucesores del buda Shakyamuni. Se lo menciona en Historia de los sucesores del Buda.
3. Sutra del loto, cap. 10. Este capítulo dice que aquellos que deseen exponer el Sutra del loto después de la extinción de El Que Así Llega, deberán «entrar en el recinto de El Que Así Llega, ponerse la túnica de El Que Así Llega, sentarse en el sitial de El Que Así Llega [...]». «La túnica de El Que Así Llega es la actitud amable y tolerante». Una actitud amable y tolerante permite que uno mantenga y proteja la Ley, mientras soporta los insultos con ecuanimidad y compostura. El sutra afirma además: «La amabilidad y la tolerancia son la túnica».
4. Oficiales de la corte responsables de proteger a la familia imperial y de ayudar al Emperador a administrar los asuntos de Estado.
5. Dos ingredientes esenciales, que adecuadamente combinados, dan a la sopa un sabor exquisito. En la China y en el Japón, se comparaba la combinación justa de vinagre y de sal con la manera apropiada en que los ministros debían colaborar con el soberano en el buen ejercicio de gobierno.
6. El Sutra del nirvana recomienda el empleo de aceite para tratar la enfermedad causada por «el veneno del viento», es decir, por el aire viciado y nauseabundo. Los dolores de cabeza y de los miembros, y la dificultad para moverse, se consideraban síntomas de dicha enfermedad.
7. Nanjo es Nanjo Hyoe Shichiro (fallecido en 1265), seguidor laico de Nichiren Daishonin y padre de Nanjo Tokimitsu.
9. Santuario dedicado a la deidad Hachiman, construido por Minamoto no Yoritomo en Kamakura, a fines del siglo xii.
10. A comienzos del período Heian (794-1185), la Corte Imperial otorgó a Hachiman el título de «gran bodhisattva»; fue uno de los primeros casos de fusión entre elementos budistas y sintoístas. También durante el período Heian, se comenzó a identificar a Hachiman con el legendario emperador Ojin, decimosexto soberano del Japón. La frase «su verdadera identidad fue la del buda Shakyamuni, señor de las enseñanzas», se refiere a la creencia generalizada de que las deidades japonesas nativas eran manifestaciones locales de budas y de bodhisattvas. Aquí el Daishonin asocia a Hachiman con el buda Shakyamuni.
11. Kyo-no-nii fue el título otorgado a Fujiwara no Kenshi (1155-1229), nodriza del emperador Gotoba que, posteriormente, ejerció gran influencia en los asuntos políticos del país. Pero, a juzgar por el contexto, Kyo-no-nii no se refiere aquí a Fujiwara no Kenshi, sino a Hojo Masako (1157-1225), esposa del sogún Minamoto no Yoritomo.
12. Kajiwara Kagetoki (m. 1200) fue un general del clan Minamoto que se ganó la confianza del sogún Yoritomo.
13. La expresión «gran ministro de Estado y sacerdote laico» indica a Taira no Kiyomori, líder del clan Taira. Con sus triunfos en dos breves campañas, en 1156 y en 1160, logró el poder militar absoluto; el padre de Minamoto no Yoritomo, Yoshitomo, murió combatiendo contra Kiyomori en la primera de esas campañas.
14. Myoho (s. f.) fue una monja practicante del Sutra del loto que vivió en el santuario de la deidad del monte Izu, en la provincia de Izu. El espejo del Japón oriental, registro histórico del sogunato de Kamakura, menciona una monja del monte Izu que brindó instrucción religiosa a Hojo Masako, esposa del Sogún.
15. Mongaku (s. f.) fue un sacerdote de la escuela Palabra Verdadera que inició la reconstrucción del templo Jingo-ji en el monte Takao, en Kioto. Decidido a recolectar fondos para dicha obra, se empeñó en que el emperador retirado Goshirakawa prestara ayuda monetaria, pero su insistencia desmedida le valió el exilio a Izu, donde conoció a Minamoto no Yoritomo, cuyo respeto pronto se granjeó. La anécdota en que Mongaku insta a Yoritomo a armar un ejército contra los Taira mostrándole la cabeza decapitada del padre de este último se narra en el Heike monogatari (Cuento de Heike).
16. El duodécimo día del noveno mes de 1271, Hei no Saemon marchó al frente de una escuadra de hombres armados para arrestar al Daishonin. En dicha ocasión, uno de los hombres de Hei no Saemon, Sho-bo, golpeó al Daishonin en la cara con el quinto rollo del Sutra del loto. En el capítulo «Aliento a la devoción», incluido en ese rollo, se habla de gente ignorante que atacará a los devotos del Sutra del loto con «palos y espadas».
Antecedentes
Nichiren Daishonin escribió esta carta en Minobu, el tercer mes intercalar del segundo año de Kenji (1276), y la dirigió a Nanjo Tokimitsu, que vivía en la aldea de Ueno, provincia de Suruga. El padre de Tokimitsu, Nanjo Hyoe Shichiro, había fallecido en 1265 cuando su hijo tenía siete años, y la madre estaba encinta del hermano menor, Shichiro Goro. La muerte del padre y, luego, la del hermano mayor obligaron a Tokimitsu a hacerse cargo de la administración de Ueno, cuando todavía era adolescente. Tenía dieciocho años cuando recibió esta carta del Daishonin.
Se conservan unas treinta cartas dirigidas a Nanjo Tokimitsu, de las cuales no menos de once fueron escritas durante los dos años transcurridos entre el retiro del Daishonin a Minobu y la fecha de la presente misiva.
Al comienzo de la carta, el Daishonin elogia a Tokimitsu por la sinceridad de su fe, expresada a través del obsequio de una túnica sin forrar, sal y aceite. Esa devoción, dice el Daishonin, refleja, en última instancia, la profundidad de la fe en el Sutra del loto del padre de Tokimitsu y seguramente ha de complacer al difunto Nanjo.
Luego, el Daishonin cuenta la historia de Ohashi no Taro y su pequeño hijo. De acuerdo con el relato, Ohashi no Taro, un general de Kyushu descendiente del clan Taira, había hecho algo que provocó la ira del sogún Minamoto no Yoritomo, y este lo mantuvo doce años confinado en una celda en Kamakura. Cuando el hijo de Ohashi no Taro recitó el Sutra del loto con el deseo ardiente de salvar a su padre, el poder de su práctica impulsó a Yoritomo a suspender la ejecución del prisionero y a perdonarlo. Con este relato, el Daishonin señala que la sincera actitud en la fe de Tokimitsu es la muestra más excelsa de devoción filial y que eso salvará sin duda a su padre fallecido.
En la última parte, el Daishonin se refiere al rumor de una inminente invasión mongola. Subraya que la fe firme en el Sutra del loto es la única protección contra dicha amenaza y señala además que, aunque él mismo desea de todo corazón salvaguardar a sus seguidores, el punto crucial es que ellos desarrollen su propia fe.
