En el noveno mes del octavo año de Bun’ei (1271), signo cíclico kanoto-hitsuji, la cólera del gobernante recayó sobre mí, y fui exiliado a la isla de Sado, en el mar del norte. Antes, cuando vivía en Kamakura, provincia de Sagami, muchas veces había sentido nostalgia por mi provincia natal de Awa. Sin embargo, aun siendo mi terruño, había algo en el trato que recibía de sus habitantes que me dificultaba el vínculo con ellos, de modo que sólo fui de visita en contadas ocasiones. Tiempo después, provoqué la ira del gobernante, y estuve a punto de ser ejecutado; pero, en lugar de eso, fui desterrado de Sagami. Me pareció que jamás podría regresar a Kamakura, a menos que se produjese alguna circunstancia extraordinaria, y que, en tal caso, nunca más podría visitar la tumba de mis padres. Con esta idea en mente y consumido por el remordimiento, sentí la necesidad de ir allí de inmediato.
«¿Por qué —me lamenté—, antes de verme en este aprieto, no habré cruzado mares y montañas cada día, o al menos una vez por mes, para visitar la tumba de mis padres y preguntar por mi maestro?».1
Su Wu2 pasó diecinueve años prisionero en la tierra de los bárbaros del norte. Envidiaba a los gansos salvajes, cuando los veía migrar hacia el sur. Nakamaro3 fue a la China de la dinastía T’ang como emisario de la Corte Imperial japonesa. Pasaron años sin que le permitieran volver a su patria. Cada vez que veía la luna asomar por el este, se consolaba pensando que esa misma luna debía de estar brillando sobre el monte Mikasa, en su provincia natal, y que sus coterráneos con seguridad la estarían contemplando en ese preciso instante. Pues bien, justo cuando me sobrecogía esta misma añoranza por el terruño, llegó desde mi provincia natal el quimono que usted encomendó traerme a alguien que vendría a la isla de Sado. ¡Lo que mantuvo a Su Wu con vida fue una simple carta atada a la pata de un ganso salvaje; pero, en mi caso, ¡yo pude recibir una prenda de verdad! La alegría que él sintió no podría compararse en absoluto con la mía.
Aunque yo era inocente de todo delito, una vez exiliado, no había forma de que me perdonaran. Para empeorar las cosas, yo había denunciado al Nembutsu —que el pueblo del Japón venera más que a sus padres y estima más que al sol y la luna— diciendo que era la causa kármica que llevaba al infierno del sufrimiento incesante. Ataqué la escuela Zen alegando que era un invento de la función demoníaca celestial, y declaré que la escuela Palabra Verdadera era una doctrina maligna que ocasionaría la ruina de la nación; además, insistí en que los templos de los sacerdotes del Nembutsu, Zen y Preceptos debían ser quemados, y en que los sacerdotes del Nembutsu y de otras escuelas debían ser decapitados.4 Llegué incluso a aseverar que los dos sacerdotes laicos fallecidos del Saimyo-ji y del Gokuraku-ji5 habían caído en el infierno Avichi. En esto consistió la gravedad de mi ofensa. Errado o no, habiendo formulado acusaciones tan rotundas contra personas de alta y de baja posición social, ya no podía volver a presentarme ante la sociedad. Lo peor era que repetía lo mismo mañana y tarde, y hablaba de ello día y noche. Además, había informado severamente a Hei no Saemon y a otros cientos de funcionarios que, por mucho que me castigaran, no dejaría de denunciar tales cuestiones. Por lo tanto, aunque desde el fondo del mar emergiera una roca hundida que sólo la fuerza de mil hombres pudiera mover, o aunque la lluvia no llegara a tocar el suelo en su caída, yo, Nichiren, jamás podría haber vuelto a Kamakura.
Sin embargo, me di ánimos pensando que si, en efecto, la enseñanza del Sutra del loto era verdadera, y las deidades del Sol y de la Luna no me abandonaban, tal vez tuviera una oportunidad de retornar a Kamakura y visitar la tumba de mis padres. Trepé entonces a una alta montaña y clamé a voz en cuello:
—¿Qué ha sucedido con Brahma, Shakra, las deidades del Sol y de la Luna, y los cuatro reyes celestiales? ¿Acaso la Diosa del Sol y el gran bodhisattva Hachiman ya no habitan en este país? ¿Piensan romper el juramento que hicieron en presencia del Buda y traicionar al devoto del Sutra del loto? Aunque ustedes me nieguen su protección, yo no me arrepentiré de nada, suceda lo que suceda. Sin embargo, cada uno de ustedes debería recordar lo que juró con solemnidad en presencia del buda Shakyamuni, de El Que Así Llega Muchos Tesoros y de los budas de las diez direcciones. Si me abandonan en lugar de protegerme, ¿no estarán reduciendo el Sutra del loto a una gran mentira, cuando el propio Buda declaró que en ese sutra estaba «descartando honestamente los medios hábiles»?6 [Si actúan así,] será como si hubieran engañado a los budas de las diez direcciones y de las tres existencias: una falta más grave incluso que las atroces mentiras de Devadatta y peor aun que las maquinaciones del honorable Kokalika. Tal vez hoy gocen de respeto, como el gran dios celestial Brahma que vive en la cima del Mundo de la Forma; o gocen de veneración, como la Deidad de los Mil Ojos7 que mora en la cumbre del monte Sumeru. Pero, si hacen a un lado a Nichiren, serán leña para alimentar las llamas del infierno Avichi y acabarán confinados por siempre en la gran ciudadela del infierno del sufrimiento incesante. ¡Si temen cometer una falta semejante, apresúrense a manifestar alguna señal al país, para que me permitan regresar a mi tierra!
Sin embargo, a mí todavía no me llegaba el indulto, de modo que seguí amonestando a las deidades celestiales con mayor vehemencia aún. Tiempo después, un día avisté el vuelo de un cuervo de cabeza blanca. Recordé que el príncipe Tan de Yen había sido liberado cuando aparecieron un caballo con cuernos y un cuervo de cabeza blanca,9 y vino a mi memoria el poema10 del Honorable Nichizo: «Incluso la cabeza del cuervo montés / se ha vuelto blanca. / Por fin, habrá llegado / el momento de volver a mi hogar». Entonces, sentí la convicción de que me liberarían en poco tiempo. Tal como había estado esperando, el decimocuarto día del segundo mes, undécimo año de Bun’ei (1274), el gobierno redactó una carta de gracia que llegó a la provincia de Sado el octavo día del tercer mes.
Dejé mi morada en Sado el decimotercer día de ese mes y llegué a un puerto llamado Maura, donde pasé la noche del catorce. Debí haber llegado al puerto de Teradomari, en la provincia de Echigo, el decimoquinto día, pero un vendaval nos desvió de nuestro rumbo. Por fortuna, sin embargo, llegamos a Kashiwazaki después de dos jornadas de navegación, y, al día siguiente, arribé a la provincia de Echigo. Así pues, al cabo de doce días de viaje,11 me encontré al fin en Kamakura el vigésimo sexto día del tercer mes. El octavo día del cuarto mes me reuní con Hei no Saemon. Tal como había imaginado todo ese tiempo, mis advertencias cayeron en saco roto. Ya había amonestado a las autoridades en tres ocasiones,12 con el único propósito de salvar al Japón de la ruina. Recordé que la persona cuyas advertencias son ignoradas tres veces debe retirarse a un bosque de montaña; y fue así como dije adiós a Kamakura el duodécimo día del quinto mes.
En ese momento, pensé en ir a mi tierra natal a visitar la tumba de mis padres una vez más. No obstante, según establece la tradición —tanto en el budismo como en el mundo secular— un hombre debe regresar a su hogar cubierto de gloria. ¿No demostraría ser un mal hijo, si retornara sin poder mostrar ningún mérito notable? Ya que había superado tantas adversidades y me hallaba en Kamakura, pensé que podía tener una nueva oportunidad de volver a mi hogar de manera triunfal, así que decidí esperar hasta entonces para visitar la tumba de mis padres. Y como es algo que tomo muy a pecho, todavía tengo pendiente este viaje a mi aldea natal. Pero es tan grande la añoranza que siento por mi hogar, que cada vez que alguien dice que sopla el viento del este, salgo enseguida a la intemperie para poder sentirlo; y si escucho que se están formando nubes en el cielo del Levante, salgo al jardín con ánimo de contemplarlas. En estas circunstancias, mi corazón se enternece incluso con gente a la que en otras circunstancias no ofrecería mi amistad, tan sólo porque son de mi provincia. ¡Imagine entonces con qué alegría infinita recibí su carta! La abrí y me puse a leerla sin respiro, sólo para enterarme de que usted había perdido a su hijo Yashiro hacía dos años, el octavo día del sexto mes. Antes de abrir su carta, todo era dicha; pero no bien leí la trágica noticia, deseé no haberla abierto con tanta premura. Siento el mismo pesar que habría experimentado Urashima Taro13 cuando abrió su cofre.
—Provengo de un lugar llamado Amatsu, en la provincia de Awa. Siempre, desde niño, admiré enormemente su compromiso. Mi madre también lo estima muchísimo. Tal vez me exprese con indebida familiaridad, pero hay algo sobre lo cual quisiera pedirle consejo en forma confidencial. Sé que debería esperar a que nos conociéramos mejor, después de varios encuentros. Sin embargo, dado que trabajo al servicio de cierto guerrero, casi no dispongo de tiempo libre, y el asunto es bastante urgente. Por lo tanto, si bien tengo plena conciencia de mi falta de urbanidad, le solicito que me conceda una entrevista.
Así, de esta forma, su hijo me pidió con toda corrección que escuchara su consulta. Le dije que, como éramos comprovincianos, no tenía por qué ser tan ceremonioso y me ofrecí a recibirlo en mi casa. Habló con gran detalle sobre el pasado y el futuro, y manifestó:
—La transitoriedad es algo propio de este mundo. Nadie sabe cuándo habrá de morir, pero yo, en especial, trabajo a las órdenes de un guerrero y no puedo eludir el deber de un combate que acaba de serme asignado. Temo lo que pueda aguardarme en mi próxima existencia. Le ruego que me ayude.
Lo orienté citando pasajes de sutras. Luego, se lamentó diciendo:
—Nada puedo hacer por mi padre fallecido. Pero, si yo muriera antes que mi madre viuda, mal estaría cumpliendo mis deberes filiales. Si algo llegara a sucederme, por favor, pídales a sus discípulos que cuiden de ella.
Fue de esa manera, tan respetuosa, como me hizo su pedido. ¿Hago bien en suponer que nada adverso le ocurrió en aquella ocasión, y que fue un incidente posterior lo que le provocó la muerte?
Nadie que haya nacido en el mundo humano, sea cual fuere su condición social, está libre de dolor y de tristeza. Así y todo, los problemas difieren según la época y las personas. El pesar es como la enfermedad: cualquiera sea la dolencia, a medida que esta empeora, uno siente que no podría existir ninguna otra afección más temible. No hay forma de tomar a la ligera sufrimientos como separarse del amo, despedirse de los padres o alejarse del cónyuge. Sin embargo, es posible prestar servicio a otro señor feudal o encontrar consuelo casándose nuevamente. Pero el dolor de perder a un padre o a un hijo sólo parece ahondarse a medida que pasan los días y los meses. Así y todo, aunque la muerte causa gran pesadumbre en cualquier circunstancia, el curso natural de las cosas es que los padres mueran y los hijos sigan viviendo. ¡Es tan triste que un hijo preceda en la muerte a una madre de edad avanzada! Sería lógico que usted abrigara resentimiento contra las deidades y los budas. ¿Por qué no se la llevaron a usted en lugar de su hijo? ¿Por qué la dejaron sobrevivir, para exponerla a semejante tormento? Sin duda, el suyo ha de ser un dolor muy difícil de sobrellevar.
Dice usted en su carta: «Mi hijo ha matado a otras personas; dígame, entonces, en qué clase de lugar podría llegar a renacer». Las agujas no pueden flotar en el agua; la lluvia no puede permanecer en el cielo. Los que matan, aunque sea una hormiga, se condenan al infierno; ni siquiera pueden eludir los malos caminos aquellos que se limitan a trozar cuerpos muertos. Más aún se exponen a sufrir quienes matan seres humanos. Sin embargo, hasta una gran piedra puede flotar en el mar, si es llevada a bordo de un barco. ¿Acaso el agua no extingue el incendio más voraz? Incluso un pequeño error puede destinar a alguien a los malos caminos, si el transgresor no se arrepiente; pero hasta una grave ofensa puede ser enmendada, si quien la cometió muestra verdadera contrición.
El monje que robó mijo renació como buey durante quinientas existencias consecutivas.18 La persona que arrancó avena de agua cayó en los tres malos caminos.19 Hubo más de ochenta mil reyes —entre ellos, Rama, Bhadrika, Viruchin, Nahusha, Karttika, Vishakha, Luz de Luna, Brillo de Luz, Luz de Sol, Ansias y Continente de Muchas Personas— que mataron a sus padres para ascender al trono. Como no encontraron buenos maestros, no pudieron reparar sus faltas y, finalmente, cayeron en el infierno Avichi.
En la ciudad de Varanasi, hubo una vez un hombre malvado llamado Ajita. Enamorado de su propia madre, mató a su padre y se casó con ella. También mató al arhat que había sido maestro del padre, porque aquel osó amonestarlo; e incluso dio muerte a su madre, al ver que esta tomaba a otro por esposo. Es decir que Ajita cometió tres de las cinco faltas capitales. Rechazado por sus vecinos, no encontró a quién recurrir. Se dirigió al monasterio de Jetavana y trató de ingresar en la Orden budista, pero no fue admitido. Pérfido y depravado como nunca, prendió fuego a muchas de las viviendas donde se alojaban los miembros de la Orden. Pero, por fin, conoció al buda Shakyamuni y se le permitió convertirse en monje.
En el norte de la India, hubo un reino llamado Piedras Pequeñas, regido por el rey Sello del Dragón.20 Este soberano había matado a su padre, pero tiempo después, horrorizado por la magnitud de su falta, abandonó su país, se presentó ante el Buda y se arrepintió de su crimen; en consecuencia, el Buda lo perdonó.
En cualquier caso, es posible redimir las faltas de padres malhechores, cuando su hijo es una buena persona. A la vez, cuando los padres son buenos, es posible perdonar las faltas cometidas por el hijo. Por lo tanto, aunque su difunto hijo Yashiro haya cometido graves acciones, si usted —la madre que le dio la vida— lamenta sinceramente su proceder y ora por él día y noche en presencia del buda Shakyamuni, ¿podría él no salvarse? Además, como él creyó en el Sutra del loto, es posible que termine siendo quien guíe a sus padres hacia la Budeidad.
Quienes creen en el Sutra del loto deben cuidarse y precaverse de los enemigos del sutra. Sepa que los sacerdotes del Nembutsu, los que observan los preceptos y los maestros de la escuela Palabra Verdadera —en rigor, todos los que rechazan la entonación de Nam-myoho-renge-kyo— son enemigos del Sutra del loto, por mucho que lo lean. Si no conoce a sus enemigos, acabará engañada por ellos. ¡Cuánto quisiera poder verla en persona y hablar de estas cuestiones en detalle! Sammi-bo y Sado-ko21 viajarán desde Minobu hasta la región donde usted vive; cuando vea a cualquiera de ellos, pídales que le lean esta carta, y luego confíesela a Myoe-bo en custodia.22 Una persona falta de sabiduría con seguridad se burlaría de mí o criticaría mi carta como un simple despliegue de palabras ingeniosas. O me compararía con otros diciendo: «¡Este sacerdote jamás podría igualar al gran maestro Kobo o superar al gran maestro Jikaku!».
Considere ignorantes a cuantos hablen así.
Nichiren
Escrito en el tercer mes, segundo año de Kenji (1276), signo cíclico hinoe-ne, en las montañas de la aldea de Hakiri, área de Nambu, provincia de Kai.
Notas
1. «Mi maestro» indica aquí a Dozen-bo, sacerdote del templo Seicho-ji, sito en la aldea de Tojo, provincia de Awa, donde el Daishonin había ingresado en el sacerdocio.
2. Su Wu (140-60 a. C.) fue ministro del emperador Wu de la dinastía Han anterior. Su Wu estaba en la cárcel; el sucesor de Wu, el emperador Chao, exigió que lo liberaran. Pero sus captores informaron falsamente que el prisionero había muerto. Entonces, uno de los vasallos de Su Wu instruyó al enviado del Emperador que dijera a los bárbaros que el soberano había abatido a un ganso salvaje cerca de la capital y que, atado a las patas del animal, había un mensaje que informaba que Su Wu aún vivía. Por fin, el cabecilla de los bárbaros del norte fue obligado a liberar a Su Wu, después de diecinueve años de cautiverio.
3. Nakamaro es Abe no Nakamaro (698-770), quien viajó a la China en 717, en tiempos de la dinastía T’ang, como enviado estudiantil, y luego prestó servicio al emperador Hsüan-tsung, como funcionario del gobierno chino. En 733, intentó volver al Japón, pero las autoridades de T’ang no se lo permitieron. Más adelante obtuvo autorización para regresar, pero su barco naufragó, y Nakamaro se vio obligado a retornar a la China, donde murió.
5. Los dos sacerdotes laicos fallecidos son, respectivamente, Hojo Tokiyori, quinto regente del sogunato de Kamakura, y Hojo Shigetoki, protonotario del regente Tokiyori.
6. Sutra del loto, cap. 2.
7. «La Deidad de los Mil Ojos» es Shakra. Recibe dicho nombre porque, según el Sutra agama misceláneo, en una existencia previa como ser humano, su gran sabiduría le había permitido discernir y comprender mil significados en un solo instante.
8. No se sabe con certeza a qué incidente se alude. «El undécimo día del segundo mes del año siguiente», mencionado más adelante, indica la conspiración urdida por Hojo Tokisuke, medio hermano mayor del regente Hojo Tokimune, para arrebatarle el poder. La intriga fue descubierta, y dos de los conspiradores, Nagoe Tokiaki y Nagoe Noritoki, murieron ejecutados ese mismo día. El propio Tokisuke fue decapitado el día quince. Tras el fallido golpe, cinco generales tuvieron el mismo destino, por haber dado muerte a alguien acusado de conspiración de cuya inocencia no había dudas. Esa ruptura en el clan gobernante confirmó la veracidad de la profecía que el Daishonin había formulado anteriormente respecto de las luchas internas.
9. Este relato aparece en Crónicas del historiador y en sus comentarios. Cuando el príncipe Tan fue retenido como rehén en Ch’in, le suplicó al rey del lugar que lo liberara. Pero el soberano le contestó: «Cuando la cabeza de un cuervo se vuelva blanca, y a un caballo le crezcan cuernos, te permitiré volver a tu hogar». Lleno de pesadumbre por su desgracia, Tan alzó los ojos al cielo y apareció un cuervo de cabeza blanca; y cuando se echó al suelo lamentándose, le crecieron cuernos a un caballo. En consecuencia, el rey no tuvo más remedio que dejar ir a Tan, como había prometido.
10. Nichizo (s. f.) fue un sacerdote de la escuela Características del Dharma que vivió en el templo Ryumon-ji, en la provincia de Yamato. El poema mencionado no es en realidad de Nichizo, sino que aparece en la cuarta antología imperial denominada Colección tardía de fragmentos, como obra del sacerdote Zoki. Es posible, sin embargo, que el Daishonin haya escrito simplemente la forma abreviada, «el honorable Zo», en el manuscrito original, que ya no existe, y que este se haya transcrito en forma errónea como «el honorable Nichizo».
11. Es decir, doce días transcurridos entre la fecha en que el Daishonin partió de Sado y su llegada a Kamakura.
12. La primera vez fue cuando el Daishonin entregó Sobre el establecimiento de la enseñanza correcta a Hojo Tokiyori, en 1260. La segunda, cuando amonestó a Hei no Saemon, poco antes de la persecución de Tatsunokuchi, en 1271, y la tercera, la que aquí se menciona.
13. Personaje legendario japonés. Después de pasar tres años entregado a los placeres en el palacio del dios del mar, en el fondo del océano, Urashima regresó a su hogar y se encontró con que no podía reconocer a nadie de su aldea natal. Sumido en la perplejidad y en la angustia, abrió un cofre que el dios del mar le había entregado con la advertencia de que jamás lo abriera. En cuanto lo hizo, una nube de humo blanco se escapó del interior; Urashima encaneció de repente y, en un instante, se convirtió en un anciano decrépito. En realidad, había estado varios cientos de años lejos de su patria.
14. Fuente desconocida. Un relato similar aparece en el Tratado sobre la gran perfección de la sabiduría. Según esa versión, cuando estalló un incendio cerca de Kushinagara, en la India, un faisán sumergió las plumas de sus alas en un arroyo y las usó para apagar las llamas; así sacrificó su vida para salvar a sus familiares. El monasterio del Bosque de Bambús fue construido por el rey Bimbisara como ofrenda al buda Shakyamuni; fue uno de los sitios principales que utilizó Shakyamuni para predicar. Se hallaba en Rajagriha, India.
15. Esta historia aparece en Crónica de las regiones occidentales y en otros escritos. El soberano de Varanasi solía cazar y matar numerosos ciervos en un extenso coto. El rey de los ciervos le imploró que cesara la inútil matanza y le prometió que, cada día, él mismo le proporcionaría al soberano la cantidad de ciervos que necesitara. Un día, el rey ciervo se vio ante la situación de enviar a una cierva preñada. En lugar de sacrificar a la hembra y a su cría por nacer, ofreció su propia carne al señor del lugar. Tal fue la emoción del soberano ante la misericordia del animal, que le concedió las tierras donde cazaba. Por tal razón, el lugar llegó a conocerse como el Parque de los Ciervos.
17. La «consorte del emperador Shen Yao» era la esposa de Li Yüan (565-635), fundador de la dinastía T’ang, llamado posteriormente Shen Yao. Se dice que la mujer tenía gran talento para la escritura y la pintura, y que descollaba por su agudo ingenio y belleza.
18. La historia aparece en Comentario sobre «Palabras y frases del “Sutra del loto”». Gavampati, uno de los discípulos de Shakyamuni, había robado mijo en una existencia anterior y, a causa de ello, había renacido como buey durante quinientas existencias consecutivas. Se dice que, aun después de convertirse en discípulo del Buda, su comportamiento recordaba las maneras de un buey.
19. Fuente desconocida.
20. La historia aparece en el Sutra del nirvana, pero es poco lo que se conoce acerca del país Piedras Pequeñas o de su rey, Sello del Dragón.
21. Sado-ko era otro nombre con que se conocía a Niko (1253-1314), uno de los seis principales sacerdotes discípulos del Daishonin.
22. Myoe-bo fue uno de los seguidores del Daishonin que tuvo alguna clase de relación con el templo Seicho-ji. No se sabe mucho más sobre él.
Antecedentes
Yashiro murió al poco tiempo de que su madre abrazara la fe. Este escrito es la respuesta del Daishonin a una carta enviada por Konichi-bo, en la que esta manifestaba gran preocupación por el destino de su hijo en su próxima existencia, ya que, como samurái, había matado a otras personas. El Daishonin la alienta diciéndole que Yashiro ha hecho que ella se convirtiera a la fe en el Sutra del loto, y que podrá salvarse de los malos caminos gracias a la firme convicción de su madre. Konichi-bo logró superar su inmensa pesadumbre y fue, por el resto de su vida, una fiel creyente en el budismo del Daishonin.
La primera parte de la carta relata algunos de los hechos acaecidos entre el noveno mes de 1271 —cuando recayó sobre Nichiren Daishonin la cólera de las autoridades gubernamentales, y debió marchar al exilio en la isla de Sado— y 1274, cuando fue indultado y se retiró a vivir al monte Minobu. En la parte que sigue, el Daishonin, que acababa de enterarse de la muerte de Yashiro, relata sus impresiones del joven y expresa su profunda conmiseración por el gran dolor de Konichi-bo. En respuesta a su pregunta, expone el concepto de la contrición budista, que implica reconocer las acciones incorrectas del pasado y determinar enmendarlas. Dice al respecto: «Incluso un pequeño error puede destinar a alguien a los malos caminos, si el transgresor no se arrepiente: pero hasta una grave ofensa puede ser enmendada si quien la cometió muestra verdadera contrición». Mediante los ejemplos de Ajita y del rey Ajatashatru, le asegura a Konichi-bo que, aunque su difunto hijo haya cometido faltas graves, si ella ora por él con sinceridad día y noche, en presencia del buda Shakyamuni, Yashiro podrá salvarse y, sin duda, guiará a sus padres a la Budeidad. En la parte final, el Daishonin le advierte a su seguidora que no se deje influenciar por ningún enemigo del Sutra del loto.
