Le agradezco de corazón que me haya escrito a un lugar tan distante. Es sumamente raro nacer como ser humano. Pero usted, además de estar dotado de forma humana, ha tenido la especial fortuna de conocer el budismo. Y de las muchas enseñanzas del Buda, ha tomado contacto con el daimoku —o título— del Sutra del loto y se ha convertido en su devoto. ¡En verdad, una persona como usted tiene que haber hecho ofrendas a cien mil millones de budas en sus existencias pasadas!
El sutra sigue diciendo: «Cuando yo haya pasado a la extinción, deberéis aceptar y mantener este sutra. Quien lo haga accederá al Camino del Buda con toda certeza y sin ninguna duda».3 Por lo tanto, los que se conviertan en discípulos y seguidores laicos de Nichiren deberán comprender los profundos lazos kármicos que comparten con él y propagar el Sutra del loto de la misma manera que él lo hace. Ser conocido como devoto del Sutra del loto es un destino amargo, pero inevitable.
Fan K’uai, Chang Liang, Masakado y Sumitomo jamás fueron cobardes, porque el honor era lo que más les importaba y temían el escarnio. Pero la deshonra en esta vida no es nada: mucho más debería preocuparnos la que se manifestará en nuestra próxima existencia. Avance hacia el lugar de práctica del Sutra del loto teniendo presente el momento en que deberá enfrentar a los guardianes del infierno; ahí, a orillas del río de los tres cruces, será despojado de sus ropas por la demonio que arrebata las vestimentas y por el demonio que las cuelga. El Sutra del loto es el manto que lo protegerá de la deshonra después de esta vida. Dicha enseñanza afirma: «Es como un manto para el que va desnudo».4
Crea en el Gohonzon con todo su corazón, pues es la túnica que lo protegerá después de la muerte. Ninguna esposa privaría de ropa a su marido; ningún padre dejaría de condolerse al ver a su hijo temblar de frío. El buda Shakyamuni y el Sutra del loto son como nuestra esposa o nuestros padres. Usted me ha ayudado y, de esta manera, me ha salvado de la deshonra en esta vida; en agradecimiento, yo lo protegeré del escarnio en la siguiente. Lo que ayer hicimos a otros, hoy alguien nos lo hará. Las flores se convierten en frutos, y las desposadas, en suegras. Recite Nam-myoho-renge-kyo y mantenga siempre una fe activa.
No sé cómo agradecerle sus frecuentes cartas. Jakunichi-bo, por favor, transmita todas estas enseñanzas detalladamente a esa creyente.
Nichiren
En el decimosexto día del noveno mes.
Notas
1. La estrofa de veinte versos del capítulo «Aliento a la devoción» del Sutra del loto enuncia las clases de persecución que surgirán cuando se propague esta enseñanza en la temible época posterior a la muerte de Shakyamuni. Con posterioridad, Miao-lo de la China dio a estos perseguidores el nombre genérico de «tres enemigos poderosos». Véase dicho término en el Glosario.
2. Sutra del loto, cap. 21.
3. Ib.
4. Ib., cap. 23
Antecedentes Historicos
Esta carta fue escrita a un joven discípulo llamado Jakunichi-bo Nikke, hijo del señor feudal de Okitsu, que vivía en la provincia de Kazusa. Data del decimosexto día del noveno mes, y, aunque no figura el año, se piensa que fue redactada en 1279. A comienzos de la era Bun’ei (1264-1275), Jakunichi-bo y su familia habían adoptado como maestro a Nichiren Daishonin, quien se hallaba propagando sus enseñanzas en la región. Jakunichi-bo tomó los hábitos y fundó, luego, el templo Tanjo-ji, en Kominato, para conmemorar el sitio donde había nacido el Daishonin. También se cree que la carta pudo ser enviada, por intermedio de este sacerdote, a una creyente de la provincia de Kazusa.
Para finalizar, alienta a Jakunichi-bo y jura protegerlo en su próxima existencia, así como este se encuentra protegiendo al Daishonin en esos momentos. De tal modo, el Daishonin esboza la profunda naturaleza eterna e intemporal que caracteriza la relación entre maestro y discípulo.
